Legislatura XXXI - Año I - Período Ordinario - Fecha 19241129 - Número de Diario 44

(L31A1P1oN044F19241129.xml)Núm. Diario:44

ENCABEZADO

MÉXICO, SÁBADO 29 DE NOVIEMBRE DE 1924

DIARIO DE LOS DEBATES

DE LA CÁMARA DE DIPUTADOS

DEL CONGRESO DE LOS ESTADOS UNIDOS MEXICANOS

Registrado como artículo de 2a. clase en la Administración Local de Correos, el 21 de septiembre de 1921.

AÑO 1.- PERÍODO ORDINARIO XXXI LEGISLATURA TOMO 1.- NÚMERO 44

SESIÓN SOLEMNE DE LA CÁMARA DE DIPUTADOS

EFECTUADA EL DÍA 29 DE NOVIEMBRE DE 1924

SUMARIO

1.- Abierta la sesión, se da cuenta con un oficio del ciudadano presidente de la República, en que manifiesta haberse enterado con satisfacción del voto de confianza que, por su conducto, otorgó la Cámara al Ejército Nacional; a sus antecedentes.

2.- Es nombrada una comisión para que introduzca a los CC. Alvaro Obregón y Plutarco Elías Calles. - Discursos de los CC. diputados Alfonso F. Ramírez, Ezequiel Padilla y Luis L. León.

3.- Lectura y aprobación del acta de la presente sesión, y se levanta ésta.

DEBATE

Presidencia del

C. ROMEO ORTEGA

(Asistencia de 158 ciudadanos diputados.)

El C. presidente, a las 11.33: Se abre la sesión.

- El C. secretario Rueda Magro, leyendo:

"Estados Unidos Mexicanos. - Presidencia de la República. - Secretaría Particular.

"Ciudadanos secretarios de la H. Cámara de Diputados al Congreso de la Unión. - Presentes.

"El Ejecutivo de mi cargo se ha enterado con satisfacción, por el atento oficio de ustedes, número 223, fechado el día 25 del mes en curso, del texto de acuerdo tomado por esa H. Asamblea, en que se resolvió dar un voto de confianza y simpatía a todos los ciudadanos generales, jefes, oficiales y tropa que, a partir del 8 de diciembre de 1923, protestaron fidelidad al Supremo Gobierno y en los distintos combates contra los traidores expusieron su vida, al servicio de la República y de los ideales que alientan al pueblo mexicano, y en cuyo acuerdo se considera comprendido al C. general de división Plutarco Elías Calles.

"Este propio Ejecutivo, con su carácter de jefe nato del Ejército Nacional, estima y reconoce este acto de justicia que la Representación Nacional hace a la parte del Ejército que supo corresponder a su honor militar y a sus obligaciones ciudadanas defendiendo las instituciones que nos rigen y al Gobierno constituído, contra la asonada militar que, en diciembre próximo pasado, encabezaron altos jefes militares para entorpecer el acto del ejercicio del sufragio y asaltar por la violencia el Poder, para depositarlo en un hombre sin voluntad que se pusiera al servicio de sus bastardas ambiciones; y en nombre del propio Ejército, cuyo sentimiento cree fielmente interpretar el subscripto, presenta a esa H. Representación Nacional su reconocimiento y su decisión de poner su civismo al servicio de las instituciones que nos rigen, colocándose siempre en un plano superior que nos aparte de odiosos personalismos, para que así la institución Ejército llene la delicada misión que la sociedad le tiene encomendada.

"El subscripto, particularmente, reconoce el alto honor que le dispensa esa H. Cámara, en el acuerdo a que hace mención, y protesta ante esa propia soberanía estar siempre dispuesto a colaborar con su modesto contingente en la defensa de nuestras instituciones, si en cualquier momento dado llegaran a verse en peligro.

"Protesto a ustedes las seguridades de mi atenta consideración.

"Sufragio Efectivo. No Reelección.

"Palacio Nacional, noviembre 27 de 1924. - El presidente de la República, A. Obregón .- A sus antecedentes.

El C. presidente: Se suspende la sesión para reanudarla tan pronto como el ciudadano presidente de la República se presente en el Salón de Sesiones. (Receso.)

El C. secretario Rueda Magro: Se nombra en comisión a los ciudadanos diputados Soto Enrique, Cuervo Carlos, Mendiola Santos, Riva Palacio, Arias Adolfo y secretario Valadez Ramírez para introducir al salón a los ciudadanos presidentes de la República.

(Son introducidos al salón los CC. presidentes Alvaro Obregón y Plutarco Elías Calles. Aplausos.)

El C. presidente: Tiene la palabra el ciudadano diputado Alfonso Ramírez.

El C. Ramírez Alfonso F.: Señores:

Se inicia un nuevo ciclo en nuestra agitada y febricitante vida política, y rompiéndose la

tradición obscura, la transmisión del Poder se hará bajo la égida fulgurante de la ley, como una solamente confirmación de los designios populares y como una alta enseñanza de civismo que llevará a todos los espíritus la esperanza de que en esta nuestra adorada tierra de Anáhuac han fracasado para siempre las revoluciones como medio de asaltar los puestos donde se rigen los destinos del pueblo; que la ambición no volverá a empurpurar con sangre hermana la austeridad fecunda de los campos, y que de hoy en adelante, para todas las aspiraciones, para los anhelos todos y para todas las audacias sólo existe un camino: el de la voluntad popular, libremente desenvuelta dentro de los causes serenos del orden y la legalidad.

Antes de que se inicie este nuevo período que, como lábaro palpitante de promesas redentoras, se perfila en los patrios horizontes, es conveniente y justo que, substrayéndonos al torbellino incesante de los acontecimientos diarios, dediquemos unos momentos a la meditación y al recuerdo, a fin de que de nuestras reflexiones salga el alma mejor templada para la lucha, aleccionada ya con las derrotas y los triunfos de los que nos precedieron en la magna tarea de engrandecer y dignificar a la patria, y para consagrar un homenaje trémulo y cordial a los que consumaron el holocausto de sus vidas y el sacrificio de sus dolores en aras de un lejano y cintilante ideal, y para que, evocando esas sombras augustas que esplenden en el seno de la inmortalidad, deshojemos ante ellas las más frescas rosas de nuestra devoción y quememos el más fragante de nuestros cariños. Tiempo es ya de que se inicie un estudio serio y desapasionado, un análisis penetrante y severo, pero despejado de rencor, de lo que hizo y de lo que fue la dictadura que durante treinta años sojuzgó al país; tiempo es ya de que a la luz de un amplio e ilustrado criterio revolucionario se definan clara y terminantemente los valores materiales y morales de aquel Gobierno, indicándose sus aciertos y señalándose de un modo implacable y concreto sus errores, y entre todos ellos, su olvido profundo y su menosprecio glacial de las clases proletarias que para los privilegiados de entonces nada significaron como factor humano, y solamente se las tuvo en consideración cuando servían de presa a la rapiña y a todas las concupiscencias y a todas las explotaciones. No es mi intención hacer un ensayo de lo que fue el régimen dictatorial barrido por el viento huracanado de la revolución; ese intento no tendría cabida dentro del estrecho marco de estas breves palabras que me honro en dirigir a esta culta Asamblea, y sólo tengo el deseo de señalar algunos de los vicios que con más repugnancia y ostentación se manifestaron en su organismo. Bajo el manto de suntuoso del progreso en los grandes centros de población, bajo la mentira apariencia de una cultura al estilo europeo, bajo la corteza deleznable de una paz sostenida y afianzada con la ignominia de los jefes políticos, la nación yacía en un marasmo de muerte, sedienta de libertad y consumida de afanes de renovación; el grupo de privilegiados que rodeaba al gran dictador había acabado por suplantarlo casi íntegramente en sus funciones gubernamentales, y al alborear el año de gloria de 1910 era en realidad un grupo de viejos políticos y de hábiles financieros el que dictaba la política nacional, sosteniendo a los gobernadores, designando a los representantes en las Cámaras y, en una palabra, moviendo los hilos todos de la desprestigiada farsa electoral. Con un estado de cosas rudamente estabilizado, donde todo estaba concluído y los sitios totalmente ocupados, sin la más remota esperanza de renovación ni en los métodos administrativos ni en los sistemas electorales, ni en las personas mismas que desde luengos años venían ocupando los mismos puestos, las generaciones nuevas que llegaban ávidas de conquistar laureles en el estadio del mundo, que traían un afán de mejoramiento colectivo, los sentimientos nobles que se encrespaban en demanda de piedad para el indio escarnecido y ultrajado, se encontraron con todos los senderos obstruidos con el pasado que hundía su garra formidable en el presente, ahogando con gesto de rebelde el porvenir; pero la sociedad no podía estancarse ni momificarse como sus amos; las fuerzas vivas que laten en el corazón de las multitudes no podían inutilizarse, ni el entusiasmo ser estéril; pero esa masa anónima, heroica y pujante que se llama el pueblo, no podía traicionar sus destinos, y aunque aquel régimen, que ya nada podía ofrecer, que ningún bien podía realizar, se lanzó a la pugna por la conquista excelsa del derecho y entonces cinceló en mármol y fundió en bronce la epopeya gloriosa de la revolución, que rugió su primera estrofa el 18 de noviembre de 1910 y dio a los cuatro vientos clarinadas de triunfo el 5 de febrero de 1917.

Honda, larga y dolorosa como todas las grandes transformaciones, fue esa lucha que arrancó de raíz muchos privilegios, que derribó de sus pedestales a los falsos ídolos y desbarató engaños ensoberbecidos y trajo a los labios resecos y sedientos de la plebe el agua de sus misericordias y el pan que alimentara sus miserias, sintiéndose ahora dueño de la tierra que pisa y del fruto que le rinde su trabajo. Esmaltada de épicas hazañas que reclaman el sonoro vibrar del romancero y pletórica de energías incubadas bajo los rutilantes cielos del ideal, la revolución se desbordó por todas las regiones del país como encrespado y caudaloso río que arrastrara en el fragor de su elegía, todo, todo lo inconsciente y deleznable que había, y paseara en el penacho sus blancas espumas bajo el milagro de los cielos azules y a través de los diferentes climas el cabrilleante y vivido destello del ideal. La revolución fue el eco fiel de la desesperanza y de las angustias de la clase media que, como el Prometeo de la tragedia esquiliana, esperaba en silencio la mano bienhechora que viniera a desatar sus ligaduras, y en esa espera larga y silenciosa veía pasar el desfile interminable de las horas sin otro consuelo que las rubias mañanas y las noches serenas vinieran a depositar su beso de luz en sus entrañas perennemente destrozadas por el buitre de la tiranía. La revolución supo escoger y fundir en una síntesis suprema las aspiraciones populares; supo concretar en preceptos legales la ideología innovadora y brillante que informa el derecho social moderno; supo sentar los cimientos grandiosos e inconmovibles de la igualdad, a efecto de que se pueda desenvolver en todas las personalidades humanas hasta sus más altos límites; supo, en fin,

garantir los derechos del obrero, del campesino y de la clase media, que antes se habían visto expoliadas y escarnecidas y que hoy, gracias a la obra redentora y excelsa de la revolución, constituye no sólo uno de los componentes, sino la médula misma del organismo social. Natural era que una lucha titánica emprendida no solamente para cambiar el personal apolillado de un Gobierno de treinta años, sino para realizar una de las más hondas, radicales y trascendentales renovaciones que registra la historia, fuera, como lo fue, una tempestuosa y heroica ilíada de pasiones y de heroísmo, con demostraciones esplendentes de táctica militar, de sufrimientos callados, de heroísmo excelsos, de oportunas e inteligentes iniciativas: una eclosión tremenda de todos los defectos y de todas las virtudes de la raza, que se debatió bravamente en una metamorfosis de la que salió más pujante, más viril, más nueva y más consciente de sus deberes y de sus derechos. Imposible sería citar los nombres de todos los que vieron sus sienes aureoladas por el sol de la gloria, al conducir mesnadas de hombres libres a las cumbres del triunfo. Largo sería citar los nombres de todos los que con su labor heroica y paciente fueron concretando en disposiciones legales las ansias populares, que fueron como la piedra angular del derecho nuevo; imposible sería decir los nombres de todas las víctimas y de todos los héroes que con su labor, con su acción, con su palabra, con su tarea mediocre y obscura fueron los autores de la democracia y del bienestar que actualmente disfrutamos; fueron la causa de que llegara a concretarse en una realidad viviente lo que en los lustros suntuosos de la dictadura fuera tan sólo un ensueño de los ilusos; pero si es imposible citar todos sus esos nombres, sí debe mencionarse, a la vera de un iluminado como don Francisco I. Madero, el hombre representativo del genio militar en nuestra patria en los tiempos actuales; aquel que por sus méritos, por su idoneidad y por su pericia es respetado por sus mismos enemigos, que siempre llevó atadas las águilas del triunfo en sus banderas y de quien puede repetirse la frase que Plutarco escribió de César, que siempre y en todas ocasiones supo difundir en sus soldados el valor y la confianza precursora de las grandes victorias: el general don Alvaro Obregón. (Aplausos.) Y digo esto, que de otra guisa callaría, porque el vencedor de El Ébano y León va a dejar la investidura de presidente de la República: antes de unas cuantas horas será sencilla y sobriamente un ciudadano de México; por eso mi palabra sincera y noble no puede ser sospechosa de adulación ni de mentira, porque tampoco la juventud sabe adular ni mentir. (Aplausos.)

En estos momentos de grandiosa rememoración en que la patria sonríe y llora, mirando en el pasado una noche constelada de estrellas y viendo apoteosis de luz en los horizontes azules del futuro, nada más justo, nada más bueno, nada más bello que depositar en el pebetero de las ofrendas la mirra del recuerdo y que la tenue espiral de humo sagrado suba adonde se encuentran los que fueron segados por la mano de la muerte en los campos de batalla, como un mensaje de los que vamos atravesando los jardines de la vida, teniéndolos como ejemplo de heroísmo y de grandeza; que esos muertos heroicos sean para nosotros estímulo de empresas resonantes y levantadas que nos recuerdan que es el esfuerzo propio, paciente, perseverante y pertinaz el que labre el pedestal y el porvenir que se encargue de las estatuas; que recordemos que a esos sacrificios debemos el bienestar y el progreso actual de la República; que en los momentos de peligro, cuando la patria reclame nuestra sangre, sepamos ir rectamente al deber, recordando que los muertos heroicos nos miran con su mirada escrutadora; que desde el fondo de su gloria nos dicen con las palabras del poeta: "¡La muerte es una metamorfosis necesaria para engrandecerse!" ¡Que esta melancólica ofrenda de vidas y dolores germine en rosas de paz en el mañana! ¡Que se haya apagado la última hoguera de las rebeldías intestinas; que no hay más campos incultos, sino engalanados de verdes siembras y de huertos en flor! ¡Y que la patria, después de sus dolorosas experiencias, pueda caminar serenamente hacia la realización de sus magnos destinos, llevando ramas de oliva en las manos y la estrella de la libertad en la frente! (Aplausos.)

El C. presidente: Tiene la palabra el ciudadano diputado Ezequiel Padilla.

(Aplausos.)

El C. Padilla Ezequiel: Honorable Asamblea:

Estamos en presencia de la más formidable evocación espiritual que el alma moderna, desangrada y ennoblecida, ha levantado a la categoría de símbolo imponente: el soldado desconocido. Estamos en presencia del alma martirizada de nuestro México, del soldado anónimo de la revolución que ha hecho blanquear con sus huesos dispersos los caminos que ennegrecieron los combates. Confundidos con esa igualdad que da la muerte, como una misteriosa admonición de la fraternidad que debe reinar entre los hombres, sobre esa tumba no hay nombres, ni hay credos, ni hay fechas; todos confundidos arden en el mismo símbolo; héroes de las victorias y de las derrotas, hombres que prefirieron la muerte y la inacción; que no se quedaron en el limbo de la queja eterna y de la profunda tiniebla; sobre sus tumbas la gratitud nacional rueda sus lágrimas; trastornadores del orden cuando el orden representaba la injusticia y la opresión. No es necesario en esta hora hacer cálculos ni conocer incidentes ni relatar episodios: El desorden, la confusión, todo se borra; nadie pide a la hoguera que dé cuenta de la escoria que ilumina la llama; no se pide cuenta en medio del sacrificio de los desordenes y de la confusión; lo mortal se consume y queda rutilante lo inmortal; los vientos encontrados inflaron las olas del océano que movieron las carabelas de Colón, y los tonos profundos confundidos con los altos, hacen las sinfonías inmortales de Beethoven; para que el alma de la patria se incline llena de reverencia sobre la tumba del soldado desconocido nos basta saber que si los hombres que están representados en las cenizas que se veneran en ese símbolo no hubieran muerto, continuarían las cadenas de esclavos con sus cortejos dantescos en los Estados de Yucatán y de Morelos; si ellos no hubieran muerto, las cuerdas de hombres que se enviaban de Sonora y Sinaloa como bestias a morir a los climas inclementes del Sur seguirán dejando rastros de sangre sobre los caminos impasibles; que si ellos no hubieran muerto, la raza de bronce

seguiría en ese desfile de hambre ante la tienda de raya, bajo el látigo del administrador de hacienda; (Aplausos.) que si ellos no hubieran muerto, una minoría privilegiada seguirá cabalgando sobre las espaldas doblegadas del pueblo, cuya frente estaría hundida en las tinieblas sin voz de su desventura; que si ellos no hubieran muerto, en las conciencias del alma mexicana no ardería esa luz indeficiente, conquista suprema de la revolución de simpatía y confraternidad para el dolor y el duro destino de los hombres, y seguiría respondiendo esa siniestra expresión de: "¿ Soy, acaso, el el guardián de mi hermano?", Que resuena en el negro egoísmo de todas las tiranías y opresiones ( Aplausos prolongados.)

Yo pido respetuosamente a la Asamblea que como un religioso homenaje para los soldados muertos en la revolución, nos prolongamos de pie y por un minuto guardaremos silencio.

( Silencio durante un minuto.)

Nada es, señores, más humillante para una generación como el no poder honrar la memoria de sus héroes, con el homenaje de las nobles conquistas por las cuales ellos murieron y se sacrificaron. Esta generación presente que ha vivido como los héroes antiguos, en el polvo de las catástrofes, necesita tener siempre a la vista el estandarte inmortal del soldado anónimo de la revolución; sus postulados continúan iluminando la batalla que no termina. el sufragio efectivo, fuente purificadora de la política del mundo; la justicia social, que hace del hombre un ser de obligaciones y derechos y no un instrumento de explotación ni de desgaste; la honestidad administrativa, que sin ella el Gobierno se convierte, según la clásica expresión, en un barco pirata; la aquiescencia de las minorías a la voluntad de las mayorías, que es la base inconmovible de las instituciones republicanas; la subordinación de la autoridad militar a la autoridad civil, sin la cual los destinos y el honor de la patria se resuelve en disputas de cuarteles. Esta generación vive en estos momentos los instantes más nobles y solemnes. Estamos seguros de que la generación que estamos viviendo tendrá que seguir gloriosa y radiante, porque hay hombres que han recogido ese estandarte con manos poderosas y fuertes. El ejército Nacional, que tiene su parte en este homenaje, lleva en sus manos, para librarla de todo ultraje del exterior y castigar toda traición en el interior, la bandera de la patria, la bandera de la patria que debe ondear única, inmaculada y sola, como única, sola e inmaculada ha ondeado sobre los campos de nuestros mártires y de nuestros héroes, como única y sola, debemos decirlo en esta noble ocasión, debe ondear, porque aun desde el punto de vista espiritual muy alto, que traspone fronteras, no hay manera de rendir homenaje más alto a los ideales de la humanidad, que rindiendo respeto a la bandera de la patria, cuando ella representa el dolor, la esperanza, y todos los sacrificios al mismo tiempo que los más altos ideales de un pueblo entero. (Aplausos prolongados.)

El Ejército Nacional, cuya virtud militar por excelencia no es sólo el valor: es el valor vinculado por el honor. Un hombre que se precie de serlo es un valiente, pero sólo aquel que pone el valor al servicio de la lealtad a las instituciones de la patria, es un verdadero soldado. (Aplausos.) Y desde ese alto sentido de la virtud militar debemos sentirnos orgullosos de nuestro actual Ejército Nacional; debemos sentirnos orgullosos de esa hermosa conversión del soldado de la revolución al soldado de la República; conversión gloriosa que se ha llevado a cabo en este breve espacio de tiempo, bajo el fulgor de los principios, de la legitimidad de la causa y de la espada victoriosa del general Obregón, que en los campos de Esperanza y de Ocotlán supo transmutar el desastre en la más brillante victoria de las instituciones mexicanas! ( Aplausos.)

La presencia en este recinto de caudillos cuya voz de mando fue obedecida por los hombres que están representados en el símbolo del soldado anónimo de la revolución, le presta una grandeza imponente e inusitada a este homenaje; el general Obregón, el presidente que, como lo hemos dicho en otra ocasión, fue el primero con su espada en la revolución y ha sido el primero con su autoridad presidencial en la ley; que han sabido ser el héroe de la lucha armada y al mismo tiempo está siendo el campeón de la transmisión pacífica del poder; que nos está dando un precedente maravilloso cuando contemplamos a la diestra del presidente de la Cámara al presidente saliente y al presidente electo, que al través de los años no se recuerda un acontecimiento igual en nuestra historia; que ha jurado cumplir nuestra Constitución y mañana mismo va a cancelar gloriosamente ese juramento, va a seguir siendo, como un simple ciudadano y con la fuerza poderosa de su virtud, un líder espiritual de los destinos nacionales. (Aplausos.) Presente se encuentra también el general Calles, que asciende a la Presidencia de la República con una fuerza moral sin precedente, porque viene detrás de él una victoria democrática y el respeto del mundo que se inclina ante la voluntad de los pueblos y sin el cual ya no es posible en esta época de solidaridad universal que se consolide ningún gobierno. Los momentos son solemnes y grandes. La responsabilidad que le espera al nuevo presidente es inmensa, pero su capacidad y su patriotismo son una garantía. Confiemos, tengamos fe; de todas las filas del pueblo asciende un oleaje de optimismo; la miseria que existe en la nación, la pobreza que por todas partes se ofrece como consecuencia natural de una prolongada lucha por romper los grilletes que ligaban las energías del pueblo, está angustiosamente mostrando por todos lados la necesidad de esa bella política roosveltiana que consiste en los métodos prácticos, en la bravura para defender la honradez, en la energía para levantar al ideal. Recordemos que la historia no es más que un récord de las grandes oportunidades que han perdido los hombres de las grandes oportunidades que han perdido los hombres de redimir a sus pueblos; pero ahora nosotros estamos rodeados de auspicios admirables: todo nos hace confortarnos, confortarnos en la esperanza de una patria nueva. El presidente Obregón al entregar la Presidencia al presidente electo, le entrega también la espada de un ejército con honor que ha sabido defenderlo en los campos de combate contra la traición y la infidencia; el general Calles al recibir esa espada gloriosa lo hace bajo el esplendor de la justicia social que representa y bajo el respeto del mundo de todas las clases trabajadoras (Aplausos.)

"¡Que hay más grande que el mundo?", preguntaba Víctor Hugo. "La atmósfera que se cierne sobre el océano en una noche sin nubes. ¡Que hay más grande que esto? El cielo estrellado; y ¡ qué hay más grande que el océano y el cielo estrellado? El alma del hombre". El alma del hombre que se redime con el martirio, que se eleva con la esperanza, que cuando le toca la chispa del ideal se enciende. Y esa alma del hombre que se agiganta en el alma del pueblo, del soldado anónimo, purificada por el martirio, elevada por la esperanza, encendida por el ideal, nos hace sentir la resolución de rendir al símbolo del soldado anónimo de la revolución, el homenaje más grande que los pueblos varoniles y enérgicos saben rendir a sus héroes en el curso de su historia; el de hacer que sean venerados por una patria que sea grande por su moralidad, que es el paladium de las naciones, e inmortal por la justicia, que es la guardadora de los pueblos! (Aplausos prolongados.)

El C. presidente: Tiene la palabra el ciudadano diputado Luis L. León.

El C. León Luis L.: (Aplausos.) Señores diputados: Después de la bella oración del compañero Ramírez y de la guirnalda de oratoria de este joven y gallardo luchador de la tribuna, nuestro compañero Padilla, permitid que venga aquí la palabra única de que puedo disponer, la palabra de lucha, la palabra del mitin, la palabra que pudiera encerrar el grito heroico de dolor, el grito del campesino que calla, el grito del hombre desconocido que venimos aquí a venerar, del obrero que dejó el taller por defender su dignidad de hombre y sus derechos de productor, y del soldado del ejército glorioso de la revolución, que cayó cumpliendo con su deber y enrollándose en la bandera roja y negra de la revolución (Aplausos.) como en un manto incolumne, de una bandera tan sagrada y grande como la tricolor de la patria, pero de un simbolismo más amplio porque es la bandera de la humanidad futura, de todas las patrias, de todas las patrias, de todos los hombres! (Aplausos.)

Este soldado desconocido ha llevado orgullosamente, noblemente, honrándola, la bandera tricolor que nos describiera maravillosamente la oratoria cálida del compañero Padilla, llevándola de victoria en victoria, porque sentía que todos sus problemas eran mexicanos, porque se sentía vinculada a la tierra que le había arrebatado la dictadura pasada; pero también quizá inconscientemente, sin saberlo, porque el destino de esta república Mexicana ha llevado en esa bandera prendidos esos dos colores simbólicos que nos revela que la humanidad ya no solamente lucha por su patria, sino que lucha por la patria de los hombres, por la justicia social, por la justicia de todos. ¿Por qué cayeron esos hombres? ¿Que visión tuvieron al dar en holocausto noblemente su existencia? ¿Que cuadro maravilloso fulguraría en su pupila al lanzar la última mirada, sacrificando su vida? Cayeron porque luchaban reivindicando un ideal, porque ellos sentían que su patria estaba mal organizada, porque en lo político una oligarquía bestial, torpe, atropellaba los derechos del ciudadano y burlaba el sufragio del pueblo; porque en lo social el latifundista, el hacendado que explotaba al peón acasillado para arrancarle de las entrañas la sangre de su trabajo, y porque en los social el obrero cuando reclamaba sus derechos y dignidades de hombre recibía las balas de Río Blanco y Cananea; porque ellos sentían que tenían que protestar contra aquello que era bestial e ignominioso, para salvar su dignidad de hombres y sus derechos de ciudadanos, su trabajo de productor; por eso cayeron y yo creo que en lo último de su mirada, al sacrificar si vida en aras de su redención, vieron retratarse maravillosamente el México nuevo por el cual morían; el México que no contemplarían ya con sus pupilas vivas; el México organizado bajo las bases sociales justas de la revolución; el México de la libertad política, el México de la libertad democrática donde se representa el derecho del ciudadano; el México de la libertad económica del proletariado; el México que entrega al campesino la tierra para que sea un hombre libre y no un peón ni un esclavo; el México que da al obrero la dignidad de hombre y lo guarda de las ambiciones bastardas del capital; el derecho legítimo al esfuerzo que desempeña como productor del que le niega lo suficiente para que viva como hombre y sea feliz y tenga una familia y eduque a sus hijos. Sí, esa es la figura que ellos se representaron al final de su vida; si por eso, luchaban y por eso combatían.

Compañeros revolucionarios: La forma mejor de honrar al obrero inmolado por la revolución, y al campesino sacrificado por la guerra, y al obrero, y al civil, es realizar el ideal por el que ellos se sacrificaron, es realizar el esfuerzo, es no escatimar ninguna energía hasta no cumplir, hasta no hacer realidad, hasta no convertir en hechos el ideal por el cual ellos ofrecieron en holocausto sus vidas. Honremos, pues, compañeros, a los soldados que cayeron en las luchas revolucionarias realizando su ideal; démonos cuenta perfectamente de la gran responsabilidad que tenemos contraída y vayamos contra todos los obstáculos, contra todas la fuerzas contrarias a implantar el régimen que ellos soñaron, a sostener la libertad política en nuestro país; a conquistar la tierra para el campesino, a darle garantías al trabajador y al obrero, a llevar la educación a las masas. Por esos ideales cayeron, por esos ideales lucharon; si nosotros los realizamos, entonces sí habremos verdaderamente honrado lo muertos sagrados de la revolución! (Aplausos.) Ahora permitidme, señores compañeros, que para terminar diga unas cuantas palabras a un representativo de la revolución que se encuentra honrándonos con su presencia y que en su vida sí ha sabido honrar a los muertos de la revolución: me refiero al general Obregón. (Aplausos.) Hace un año, en una tarde triste y trágica, cuando todos los peligros de las fuerzas materiales desencadenadas por la reacción se concernían sobre el porvenir de la revolución, vinimos los diputados revolucionarios de aquella Legislatura de triste historia a clausurarla y darle facultades extraordinarias al Ejecutivo de la República y a desaforar a los diputados rebeldes. En el ambiente de esta ciudad tan admiradora del éxito material, turbiones de pesimismo querían hacer que la duda naciera en las almas de los revolucionarios; pero en aquella sesión histórica comprendimos, quizá por intuición, que por un hecho más grande deberíamos realizar, y ví brillar desde esta tribuna en las

caras de todos los revolucionarios la decisión de obtener la victoria o de ir a la muerte, y entonces, gallardamente, vinimos también a lanzar el cartel de desafío a la reacción y que la reacción comprendiera que aquella lucha encabezada por Adolfo de la Huerta era de vida o muerte para nosotros, y altivamente, orgullosamente nos jugábamos con nuestra bandera nuestra vida, y entonces fue cuando dije que si por una ironía inexplicable del destino tuviera que caer el general Obregón al final, en definitiva él sería el triunfador, porque la posteridad lo encontraría, como al héroe antiguo: con el estilete florentino de la traición clavado en el pecho, pero empuñando en su mano, en la única que le queda, ya que la otra se la arrebatara la gloria, la bandera de la revolución! (Aplausos.) Pues bien, señores; el destino de la República quiso que la verdad triunfara sobre la mentira y que la justicia despedazara al crimen; el destino de la República y la buena estrella de la revolución quiso que no cayera el general Obregón, y aquella figura mía en un momento de pasión y de emoción revolucionaria, ya lo verá la República entera y la contemplará materializada, hecha vida: mañana saldrá el general Obregón - para seguir sus palabras - del Palacio Nacional por la puerta de honor, rodeado por el cariño de sus conciudadanos, y cosa más grande que demuestra que para sostener incólumes sus ideales revolucionarios: saldrá mañana por la puerta de honor y el estilete florentino se convirtió en mil pedazos al chocar contra el pecho noble y generoso del caudillo y del revolucionario; pero en su mano única que le quedó, ya que la otra se la arrebató la gloria, saldrá mañana llevando a los cuatro vientos la bandera victoriosa de la revolución! (Aplausos.)

¡Señor general Calles: que para honra de los soldados muertos en la revolución, dentro de cuatro años salga usted como saldrá mañana el general Obregón! (Aplausos.)

- El C. secretario Rueda Magro, leyendo:

"Acta de la sesión celebrada por la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, el día veintinueve de noviembre de mil novecientos veinticuatro.

"Presidencia del C. Romero Ortega.

"En la ciudad de México, a las once horas y treinta y tres minutos del sábado veintinueve de noviembre de mil novecientos veinticuatro, con asistencia de ciento cincuenta y ocho ciudadanos diputados, se abrió esta sesión solemne que se celebra de conformidad con el acuerdo que tomó esta Cámara en su sesión del veintisiete del mes en curso, en homenaje al soldado muerto en la revolución desde 1910 a la fecha, y como distinción especial al soldado que murió siendo leal al actual Supremo Gobierno en el último movimiento armado.

"Se dio cuenta con un oficio del ciudadano presidente de la República, en que se manifiesta haberse enterado con satisfacción del acuerdo que tomó esta Cámara para celebrar esta sesión, y a nombre del Ejército, como jefe nato de él, agradece la distinción que al mismo tiempo se hace y presenta su decisión de poner su civismo al servicio de las instituciones que nos rigen, reconociendo el propio primer magistrado, en lo particular, el honor que le ha dispensado esta Cámara y protestando ante ella estar siempre dispuesto a colaborar en la defensa de nuestras instituciones, si en cualquier momento llegaren a verse en peligro. - A sus antecedentes.

"Se suspendió la sesión en espera del ciudadano presidente de la República y del ciudadano presidente electo, quienes se presentaron pocos momentos después acompañados por las comisiones nombradas por la Mesa y tomaron asiento al lado del ciudadano presidente de la Cámara. Concurren también a esta sesión, aceptando la invitación que se les hizo, los ciudadanos senadores y una comisión de magistrados en representación de la Suprema Corte de Justicia.

"Pronunciaron discursos alusivos los CC. diputados Alfonso F. Ramírez, Ezequiel Padilla y Luis L. León.

"El ciudadano presidente de la República y el ciudadano presidente electo abandonaron el salón acompañados por las mismas comisiones que los recibieron.

"Se leyó la presente acta."

Está a discusión el acta. No habiendo quien haga uso de la palabra, se consulta si se aprueba. Los que estén por la afirmativa, sírvanse manifestarlo en votación económica. Aprobada.

El C. presidente, a las 12.40: Se levanta la sesión y se cita para mañana, en sesión solemne, en el Estadio Nacional, y el lunes a las diez y seis horas.