Legislatura XXXIX - Año I - Período Ordinario - Fecha 19431012 - Número de Diario 16

(L39A1P1oN016F19431012.xml)Núm. Diario:16

ENCABEZADO

MÉXICO, D.F., MARTES 12 DE OCTUBRE DE 1943

DIARIO DE LOS DEBATES

DE LA CÁMARA DE DIPUTADOS

DEL CONGRESO DE LOS ESTADOS UNIDOS MEXICANOS

Registrado como artículo de 2a. clase en la Administración Local de Correos, el 21 de septiembre de 1921.

AÑO I.- PERIODO ORDINARIO XXXIX LEGISLATURA TOMO I.- NUMERO 16

SESIÓN SOLEMNE

DE

CONGRESO GENERAL

EFECTUADA EL DÍA 12 DE OCTUBRE DE 1943

SUMARIO

1.- Se abre la sesión solemne que se efectúa para conmemorar el "Día de las Américas". La Secretaría da a conocer los nombres de los diputados españoles que asisten, como invitados a esta sesión. Se nombran las comisiones respectivas para introducir al Salón de Sesiones al C. licenciado Miguel Alemán, Secretario de Estado y del Despacho de Gobernación; al C. licenciado Ezequiel Padilla, Secretario de Relaciones Exteriores y al doctor Joaquín Fernández y Fernández, Jefe de la Cancillería Chilena.

2.- Hacen uso de la palabra para pronunciar discursos alusivos al día que se celebra el C. diputado Carlos A. Madrazo, en representación de la Cámara de Diputados; el señor Diego Martínez Barrio, en representación de las Cortes Españolas; el señor Oscar Schnake Vergara, Embajador de la República de Chile y el C. senador Joaquín Martínez Chavarría en representación de la Cámara de Senadores. Se da lectura al acta de la presente sesión y se aprueba. Se levanta la sesión.

DEBATE

Presidencia del

C. GORGONIO QUESNEL ACOSTA

(Asistencia de 90 ciudadanos diputados y 40 ciudadanos senadores).

El C. Presidente (a las 10.30): Se abre la sesión de Congreso General en conmemoración del "Día de las Américas".

El C. secretario Díaz Durán Fernando: La Presidencia, por conducto de la Secretaría, participa a la Asamblea que, atendida la cordial invitación que se les hizo, se encuentran en este recinto los diputados españoles Pedro Vargas, Ramón Lamoneda, Ramón González Peña, Mariano Moreno Mateo, Edmundo Lorenzo, Nicolás Jiménez, Miguel Santaló, Pedro Ferrer, Antonio Xirán, Antonio Dot, Juan Lluhí, Bernardo Giner de los Ríos, Belarmino Tomás, Rafael de Pina, Indalecio Prieto, Amós Ruiz Lecina, Alvaro Pascual León, Antonio Fernández Bolaños, Luis Fernández Clérigo, Margarita Nelken, Ramón Ruiz Rebollo, José VELASCO Damás, Alvaro de Albornoz, Fernando Valera, Manuel Pérez Jofre, Francisco Gómez Hidalgo, Francisco López Goicochea, Angel Galarza, José Alíseda, Juan Company, Borderas, Sarmiento, Eduardo Trápoli, Romero Solano, Julio Jáuregui, Gabriel Franco, Cordero Bel, Juan Comorera, Antonio Frije, Jerónimo Gomar, Diego Martínez Barrio y Ernesto Jordán Ordaz. (Aplausos nutridos y prolongados).

La Presidencia, por conducto de la Secretaría, designa en comisión a los ciudadanos diputados Manuel Moreno Sánchez, Miguel Moreno Padilla, licenciado Francisco López Serrano y secretario Rubén Vizcarra Campos, para introducir a este recinto al ciudadano licenciado Miguel Alemán, Secretario de Estado y del Despacho de Gobernación; al ciudadano licenciado Ezequiel Padilla, Secretario de Relaciones Exteriores, y al Excelentísimo Canciller de Chile, Oscar Schnake Vergara. (Gritos en las galerías).

La Presidencia ruega a las galerías se sirvan guardar silencio.

(La Comisión cumple con su cometido).

El C. Presidente: Tiene la palabra el ciudadano Carlos A. Madrazo, en representación de la Cámara de Diputados. (Aplausos nutridos).

El C. Madrazo Carlos A.: Los pueblos, como los hombres, deben la grandeza de sus vidas, al valor con que venzan sus grandes dificultades y a la austeridad con que forjen su virtud ciudadana.

Un Homenaje a América, frente a la hoguera que consume a un Universo, es la polvareda de un mundo en marcha, que señala nuevos rumbos al hombre del futuro y nuevas metas al pensamiento de la Humanidad.

El progreso es la lucha del hombre contra la naturaleza, pero del hombre inconforme, del rebelde, del que no conoce sino el reposo de la acción y la calma de la inquietud, del que batalla siempre y forja su grandeza con el tesoro de su propio esfuerzo; del hombre que asciende siempre enamorado de la luz, como esos árboles gigantes que levantan sus frondas por encima del verde tumulto de la selva, acaso sintiendo como el hombre, el placer

infinito de ser grande y la suprema voluptuosidad de ser libre.

La Humanidad se apoya en los hombres inconformes, porque son con sus inquietudes, los pilares de su grandeza. Prometo, el sublime ladrón del fuego de los dioses, vuelve de edad en edad a su roca de agonía. Bajo nombres diferentes que adopta a través de los siglos, bajo mantos distintos, bajo formas diversas, impulsa la mano temblorosa de un anciano, para desatar en el sonido de una campana la fuerza huracanada de la insurgencia; siente ansias de gloria en el verbo visionario de Bolívar; es relámpago de libertad en la espada de San Martín o grito de angustia en la emboscada de Dos Ríos, cuando Martí con su sacrificio cimenta el pedestal de la libertad cubana.

La historia de América es la marcha del hombre en busca de sus propias metas. Es una batalla contra el clima que ha sido vencido, contra la selva que abrió la lujuria de las frondas al esfuerzo del hombre, contra la tierra que se entregó a la energía, contra el hombre que se superó en la lucha al amar a América porque era su patria, para amarla más porque era y sigue siendo una tierra libre.

América fue obra de juventud. La audacia venció al tiempo, el genio se impuso a la vida, y aceleró su ritmo, para crear un mundo cuyos países, como sementeras generosas, recibieron para transmitirla a los siglos la semilla de la más pura idealidad.

La vida tiene valor cuando la ennoblece un gran ideal. La historia tiene sentido como escaparate de experiencias, como forjadora de almas, de hombres y de sistemas; porque entonces sirve a las generaciones futuras para corregir errores, superar sus anhelos y haciéndola útil al mundo, encontrar las rutas de la inmortalidad.

Esta guerra significa para nosotros, americanos, la liquidación de todo un orden social fundado sobre la explotación humana. Tenemos en ella un claro ideario definido por el señor general Avila Camacho en la carta que dirigiera el 30 de mayo de 1941 al licenciado Lombardo Toledano Presidente de la CTAL. Sabemos por qué combatimos, combatimos: "Por el reconocimiento de la igualdad democrática de los pueblos, por el respeto a los derechos que emanan de la soberanía y de la independencia de las naciones; por la convicción de que la paz no es una simple garantía regional o local, sino una condición general, indivisible en sus consecuencias y sostenida sobre las bases de la seguridad colectiva de los pueblos: por la subordinación de las ambiciones particulares de cada pueblo a los límites definidos por los tratados. Condenamos todo provecho unilateral impuesto por la fuerza; sostenemos el principio de colaboración amistosa de los Estados de conformidad con la norma inflexiblemente seguida, de que ninguna nación, por alto que sea el nivel cultural de que goce o por poderosas que estime sus organizaciones económicas, técnicas y militares pueda atribuirse el derecho de intervenir en los asuntos de los demás. En virtud de ese concepto de reconciliación de los intereses universales, somos partidarios fervientes de toda acción encaminada a colocar las soluciones de la justicia por encima de los dictados de la violencia". Combatimos contra toda idea de superioridad racial, porque todos los hombres, de cualquier color que sean, son hermanos en la tarea de ennoblecer al mundo creando una Humanidad mejor. Por eso condenamos con toda la energía de nuestro repudio esas matanzas de negros acaecidas últimamente, provocadas por salvajes que son escarnio para nuestra época. Por eso pedimos a la Argentina que abandone su peligrosa postura de neutralidad y haciendo honor a sus tradiciones se sume a las naciones de América que luchan por la libertad; por eso, porque somos americanos y por lo tanto ciudadanos del mundo rendimos homenaje a los pueblos que están derramando su sangre en defensa de la civilización amenazada; al gran pueblo norteamericano y a su líder Franklin D. Roosevelt; al admirable pueblo ruso con su caudillo José Stalin a China Mártir con Chiang Kai Shek; al pueblo inglés con Churchill dirigente genial; a Francia que surge de nuevo alumbrando al mundo con los acordes inmortales de la Marsellesa, y a España, heroica, invencible, grande en sus infortunios, a la España libre de siempre, a la patria de Cervantes, de Garcilazo, de Lope, de Goya, de Velázquez; a la España Republicana aquí representada por sus Cortes legítimas; a España, la de Lepanto, la de Guadalajara, que se prepara lanza en ristre, como el inmortal manchego, para ir a deshacer los entuertos del crimen y devolverse a sí misma lo que es suyo: su honor y su libertad.

El fascismo militarmente está vencido, pero para desterrar su ideología, sólo hay la honestidad, la rectitud, la pureza en la vida cívica, el encuadramiento de las pasiones dentro del marco de la ley. Por eso nosotros, americanos de esta hora, tenemos de la cosa pública un nuevo concepto. No creemos en la política como medro, como lucro, como conjunto de pasiones malsanas; no la consideramos como intriga y doblez; nosotros creemos en la política como posición de servicio al pueblo, como cauce a las inquietudes de la época, como limpia actitud de trabajo para nuestra patria, para América, para el mundo. La política es toda voluntad la de ser recto y la voluntad es toda fin: el de ser útil.

No creemos en la mediocridad. La impreparación está reñida con los puestos públicos. En todo tiempo, pero más ahora, un funcionario impreparado es tan nocivo y peligroso como un funcionario ladrón. El poder no es para levantar fortunas sobre el dolor y la miseria de las gentes, ni para especular con su hambre, ni para conducirlos a la desesperación; el poder es para organizar la actividad ciudadana, de tal manera, que disfruten de la riqueza los que realmente la crean con su esfuerzo material e intelectual y no los parásitos que sin ánimo ni valor de crear, confunden la riqueza del pueblo, con un bien que, abandonado en un camino, está expuesto al vandalismo de cualquier salteador circunstancial. Por eso, yo creo con Balzac que la posesión del poder, por inmenso que sea, no da la ciencia de servirse de él, ya que el poder nos deja tales como somos y no engrandece sino a los grandes.

El poder para ejercerse en plenitud, necesita de la cultura y del talento; cuando veo un impreparado que quiere improvisarse estadista, recuerdo la historia que nos cuenta Urueta de un fatuo de Tarento llamado Evángelo que quiso ganar un premio en los juegos píticos. Pronto se convenció de que no podría disputar el triunfo a los atletas del músculo porque la naturaleza no lo había hecho fuerte y ligero; entonces entendió a la adulación de sus amigos, quiso ganar la palma del canto y de la cítara. El día del concurso presentó se Evángelo semejante a un dios: con una brillante túnica de púrpura y de oro, adornada con piedras preciosas, con una cítara de oro puro que quebraba el sol en mil colores y la multitud admirada lo aclamó. Pero cuando quiso cantar y tocar una riña de sonidos agrios llenó los aires y las cuerdas divinas se rompieron al golpe de las manos villanas.

Todo poder que no se funde sobre la voluntad del pueblo, no puede perpetuarse. Todo régimen que va contra la historia tendrá que caer. Todo Gobierno que no define su postura y se declara: o con las minorías privilegiadas o con las mayorías del pueblo, se conquista la indiferencia pública porque la vida y la historia como reflejo de ella, no aman ni protegen sino a los hombres y a los grupos que definen su actitud oportunamente y toman su bandera con decisión y valor.

Si Maquiavelo creía en la política como armonía de intereses opuestos, nosotros levantamos mejorándola, la vieja concepción aristotélica de que la política es una categoría de lo útil. En política es hombre bueno no aquel que se sirve a sí mismo, sino aquel que persigue un fin que trasciende la pura y simple persona, porque superando su egoísmo no quiere el propio bien, sino el bien común.

La multitud americana sí entiende la vida cívica, sí le interesa la cosa pública, y como las mejores de la antigüedad ama y le conmueve la grandeza. Sófocles acusado por Iofón ante la patria, por haber inscrito un hijo natural, se define leyendo ante el jurado un capítulo de Edipo en Colonna. Como Hipérides despojando a Friné ante los jueces del velo que cubría sus encantos, pero con magia más pura, le bastó para ganar su causa mostrar al pueblo y al corazón de los jueces el rostro de Antígone bañado en lágrimas.

América al forjar así su política, traza nuevos rumbos para el presente y para el futuro. El estadista sólo es grande cuando comprende su época y sólo es inmortal cuando se adelanta a ella y presiente el porvenir. El estadista auténtico es aquel que continúa su ruta, imperturbable a los aquilones y a las amarguras, sabiendo que su recompensa presente será quizá aquella que Martí augura a Gómez al incitarlo a luchar por Cuba: "el placer del sacrificio y la ingratitud probable de los hombres" pero sabiendo también que su ejemplo, el espectáculo de su vida no pierde jamás su atractivo y acelera en todos los tiempos el corazón humano que tiene siempre sed de leyendas.

Por eso, porque entendemos así la política, como una limpia manera de servir a América y al mundo, podemos unirnos al Presidente Roosevelt cuando además de la libertad de Filipinas ya concedida, ha expresado algo que todo americano pide emocionado: la libertad de nuestra hermana, la gran nación de Puerto Rico.

Al mundo no habrá de pasarle con esta guerra lo que al doctor Fausto, cuando después del breve sueño en que contempla la gracia de Margarita y la sonrisa de Elena, despierta con las mismas arrugas en la frente y los mismos dolores en el corazón, entre las telarañas y los pergaminos de su gabinete de estudio. ¡No! El mundo viejo ha muerto; de la hoguera que lo consume surgirá una Humanidad donde la paz y la libertad sean la esencia de la vida; donde la violencia y el crimen estén proscritos y donde el individuo viva de acuerdo con su propia idealidad.

Los mexicanos que amamos nuestra tierra y la tierra de América recordamos este 12 de octubre poseídos de una profunda responsabilidad histórica. El viejo mundo que nos descubrió a la relación internacional arde por sus cuatro costados. Tenemos una deuda histórica que saldar con el mundo que nos dio los aspectos más relevantes del progreso que gozamos: continuar empujando con nuestras vidas el carro de la civilización. Los mexicanos deseamos que los pueblos de América tengan hoy y siempre un sólo sentimiento y una sola voluntad para que en el frontispicio de nuestra sociedad futura, libre de egoísmos, espléndida y magnífica, se lea como consigna para las generaciones futuras, el inmortal pensamiento de Bolívar: "La Patria de los Americanos debe ser una sola". (Aplausos).

Es preciso prepararnos para resolver los graves problemas de post guerra. Vencido militarmente el fascismo, nuestros peligros no están en la guerra, sino en la paz. Si la consigna de la hora es movilizar todas las energías en el aplastamiento del enemigo común; lo es también movilizar todas las energías de nuestros pueblos para que la guerra sea ganada por ellos; para que la Carta del Atlántico sea una realidad y para que el triunfo no sea escamoteado por los grupos imperialistas deseosos de seguir explotando a la Humanidad.

Para eso, debemos denunciar ante la faz del mundo, que si el darlanismo ha sido una táctica de guerra, no lo queremos como sistema en la paz. No queremos verdugos como Francisco Franco sirviendo como punto de apoyo para la famosa teoría del Hispanismo Falangista que sueña en la restauración del Imperio Español, convirtiendo a América Latina en un campo de vasallaje. No queremos que nuestra América sirva de base de operaciones a sinarquistas y falangistas, que a toda política de bondad responden con la astucia, la propaganda malsana y la división de los elementos progresistas; no queremos esos grupos que siembran rumores y forman tempestades de odio y desconfianza para mantener un clima propicio a sus actividades. No estamos de acuerdo con esos quebrantadores de nuestra unidad que en México a cada acto generoso del Gobierno, responden organizando bandas de saltantes y tratando de catequizar a los conscriptos con actos políticos-religiosos para

preparar una futura fuerza de choques contra la Revolución mexicana.

Y para hacer completa esta fiesta del espíritu, pedimos a nuestra hermana República del Brasil que, haciendo honor a su estela de gloria -que es bondad y es justicia-, se gana el aplauso de América poniendo en libertad al gran líder antifascista Luis Carlos Prestes.

Los mexicanos conscientes de la hora trascendental que vive el mundo, nos sentimos solidarizados con la política exterior de nuestro país, fomentando la solidaridad americana y nos sentimos orgullosos de hacer llegar nuestro mensaje a todos los hombres que tienen fe en el futuro de la Humanidad.

No hay más que una lucha: la libertad contra la tiranía, el talento contra la barbarie, la civilización contra el crimen, el hombre contra sus más bajos instintos; por eso saludamos desde esta tribuna a los grandes dirigentes del movimiento democrático de América:

A Manuel Avila Camacho, el estadista de las horas difíciles.

A Franklin D. Roosevelt, el gigante de Norte América.

A Lázaro Cárdenas, el primer soldado de México.

A Fulgencio Batista, que cumple el pensamiento de Martí.

Al doctor Amézaga, que sigue la ruta de San Martín. (Aplausos).

Y a Juan Antonio Ríos, que tremola con mano firme la bandera de la revolución social del Chile. (Aplausos).

Honrados con la presencia del Canciller de la hermana República de Chile, saludamos a todas las naciones hermanas del Continente aquí representadas por sus distinguidos diplomáticos.

Saludamos a nuestro glorioso Ejército mexicano, cuna de valor y de hidalguía, y a todas las fuerzas armadas de América que luchan por la libertad.

Saludamos a la República Española que vuelve por sus fueros y a la prensa de México y América, abanderada de la libertad.

Cuenta Ernesto Renán que una de las leyendas más difundidas en Bretaña es la de una pretendida ciudad de Is que fue tragada por el mar. Nadie sabe a ciencia cierta en qué parte de la costa estuvo, pero los pescadores aseguran que en los días de calma se ven en los huecos de las olas las agujas de sus iglesias y se oyen las campanas tañendo el himno de la alborada. Así, de las profundidades de nuestra historia surgen las figuras de nuestros grandes próceres señalándonos el camino del deber. Bolívar, Hidalgo, Morelos, Juárez, Washington, Jefferson, San Martín, Martí, O'Higgins, cóndores enamorados de la gloria, extienden sobre nosotros sus sombras protectoras. No desoigamos su llamado, no enturbiemos su recuerdo, con falsas cobardías, vayamos como ellos a la lucha, vayamos como ellos al encuentro del porvenir. (Aplausos nutridos).

El C. secretario Díaz Durán Fernando: Tiene la palabra el Excelentísimo señor don Oscar Schnake Vergara, Embajador de la República de Chile.

El Excelentísimo señor Embajador de Chile cede su turno en esta tribuna al señor don Diego Martínez Barrio, Presidente de las Cortes Españolas.

- El señor Diego Martínez Barrio: Señor Presidente del Congreso de la Unión, señores senadores, señores diputados, señores embajadores y ministros: Cuando la Cámara de Diputados, haciendo un alto honor en mi persona a las Cortes Españolas, me invitó para que tomara parte en la conmemoración del día de la Raza, sentí sobrecogido mi ánimo. Temí y temo no encontrarme a la altura de la misión que me ha sido confiada ni a la de la solemnidad que aquí celebramos, donde nuevamente y por determinación de la voluntad general se reúnen y estrechan pueblos de la misma procedencia.

El día de hoy, doce de octubre, tiene para vosotros, americanos, y para mí, español, una significación trascendental y perdurable. Hace siglos se encontraron dos civilizaciones que, al reunirse hubieron de producir este grupo de naciones, orgullo de la época presente y esperanza cierta y segura de días gloriosos por venir.

El hondo y fuerte sentimiento español que con sus yerros y sus aciertos, sus equivocaciones y sus miserias, ha producido en la vida de la Humanidad páginas singulares, se vuelve hoy hacia vosotros, desengañado y desencantado del falso brillo de los imperialismos para firmaros su solidaridad, para reiteraros su afecto, seguro de que cualquier otra ruta no habría de llevarlo sino a la derrota y al desamor.

España habla hoy ante vosotros; lo hace sin altivez, que sería descomedido, y sin debilidad, que estaría fuera de sitio. Hablo yo como podría hacerlo cualquier otro español para reiteraros esa ansia de solidaridad que preside nuestro espíritu y que esperamos presida futuramente nuestros destinos, para deciros que tenemos como propias las glorias vuestras, el desarrollo moral y material de vuestros pueblos, y que aun cuando no ocupemos, por azares de las circunstancias dentro de la política internacional, el puesto que vosotros ocupáis, nuestro pensamiento, la auténtica voluntad, de los españoles, está al lado de vosotros.

Conmemoramos esta fiesta del día de la Raza a la misma hora que los ensangrentados campos de batalla de Europa, Asia y Oceanía, pregonan la resolución firme e inquebrantable de los pueblos de conquistar o reconquistar sus libertades.

Vosotros no sois neutrales, nosotros tampoco; la neutralidad es una postura vergonzosa que hace presentar a los que tras ella se parapetan la división en las grandes tareas confiadas al mundo. Tampoco son neutrales los temporeros ejercientes del poder en mi país, bien que con signo distinto, desgraciadamente, a lo que vosotros representáis y a lo que España emigrada representa.

Los acontecimientos, con rigor, han permitido que en esta hora crucial podamos salvar el decoro de España y lo que vale tanto como el decoro nacional, las rutas y frutos de su porvenir. Militares, trabajadores, catedráticos, funcionarios, políticos, todo lo que representa la España auténtica y permanente se encuentra del lado acá de la trinchera, permitiendo con ello que no se produzca el divorcio,

que sería enorme yerro histórico, de que a la misma hora que vosotros lucháis por la victoria de unos principios, España estuviera enfrente de vosotros. (Aplausos).

La fortuna, en medio de las tristezas de nuestra derrota temporal nos ha traído aquí, y sean cuales fueren los sufrimientos a que nos haya sometido el destino, bien está que hayamos podido convivir estas horas solemnes y esperanzadoras, porque ello es signo y anuncio de que en el porvenir habremos de compartir juntos también las alegrías y las responsabilidades.

Cuando esos dos grandes conductores de pueblos: Churchill y Roosevelt, dieron a la confianza y a la esperanza general la Carta del Atlántico, todo el mundo, la opinión democrática universal, se sintió conmovido. Mi país también. Nosotros acabábamos de pasar -no cuentan los meses, ni siquiera los años, en la vida internacional- una ruda y terrible prueba; habíamos sido invadidos, atropellados injustamente, sobre nuestras ciudades se había desencadenado el furor de las armas extranjeras puestas al servicio de unos rebeldes; nuestros campos abandonados con sangre, daban al mundo, indiferente, temeroso y encogido, la sensación de cuán enorme era la tragedia cernida sobre España. Sólo dos pueblos; en América, México, y en Europa Rusia, se sintieron conmovidos ante nuestro dolor y tendieron hacia nosotros los brazos fraternales. (Aplausos nutridos). Vale poco en política o tiene escaso rango el sentimentalismo y la expresión afectuosa de unos pueblos que se sienten solidarizados y hermanados con otros, apenas si alcanza cotización en la relación universal, pero cuando a la expresión del sentimiento se une la visión clara y perspicaz de las posibilidades futuras, los pueblos se engrandecen ante la conciencia general, sus gobiernos gozan del respeto y aún de la secreta y callada admiración de aquellos otros pueblos que quedaron aniquilados y temerosos, porque junto al acto noble y moral de pronunciarse por la justicia atropellada y por el derecho conculcado, unen la perspicacia, anticipándose al porvenir de preparar una mayor autoridad a sus intervenciones en las instituciones públicas. Así, México, en todos los instantes de la política internacional contemporánea, ha demostrado su generosidad, su grandeza, su fidelidad al derecho internacional, y lo que vale tanto, repito, como eso, su perspicacia para asegurarse una autoridad moral en las discusiones que se promuevan.

México, cuando fue ocupado el Manchukuo, levantó su voz de protesta, cuando Abisinia, atropellada, vio cómo perdía su independencia, se colocó al lado de los escasos países, entre ellos España, que en la Sociedad de las Naciones defendieron el derecho de los etíopes.

Cuando España, atropellada, encarnecida por el comité de No Intervención, que presenciaba impasible las mayores transgresiones de la ley escrita y de la ley moral, México también levantó su voz autorizada para revelar el crimen que con nosotros se cometía.

México, en cualquier instante de la vida internacional, ha realizado lo que correspondía a su tradición, lo que cumplía a su decoro, aquello a que la obligaba la fidelidad a los pactos internacionales.

Los preceptos de la Carta del Atlántico borraron, atenuaron, si no hicieron desaparecer del todo, las desconfianzas los recelos y los reproches. ¿Se han desvanecido estas ilusiones? ¡No! Hay compromisos inmodificables que no permiten habilidades diplomáticas de ninguna clase, obligaciones de considerar lo que han de ser inmediatas realidades del mundo.

La carta del Atlántico goza de esa categoría. Se ha dicho en ella, se ha consagrado el derecho de todos los pueblos a escoger la forma de gobierno que deseen vivir y a restituir los derechos soberanos y el gobierno propio a quienes han sido privados de ello por la fuerza.

En esas cláusulas se encuentra explícitamente citada España. Faltaría a un sencillo deber si no dijera que muchos de mis compatriotas tienen la desconfianza de que, llegada la hora de la aplicación de la Carta del Atlántico, no sea cumplida en todo su rigor y en toda su plenitud. Yo no participo de esa desconfianza, incluso me explico ciertas flexibilidades en virtud de la responsabilidad que supone el Gobierno, ya que en escala menor las he padecido, pero señalo que toda política de contemporización tiene dos límites que me parecen infranqueables: uno, el derecho de los pueblos cuyo porvenir entra en juego, y otro, el propio decoro de las naciones que negocian. Abisinia agredida, goza hoy de libertad, se ha restituido la plenitud de su soberanía. Después del Manchukuo fue el primer pueblo de los que perdieron su independencia. No me parece excesivo que, colocados ya en torno, se den las facilidades merecidas y necesarias a España para que pueda también disponer libremente de sus destinos. (Aplausos nutridos).

Por vuestra cortesía ocupa puesto de honor en este recinto una representación de las Cortes Españolas. La presencia física aquí de esos diputados prueba no sólo la lealtad con que han cumplido su juramento, sino la fidelidad con que han servido a la voluntad nacional manifestada en las urnas electorales y en los campos de batalla. (Aplausos nutridos).

Haciendo justicia a mis compañeros, utilizando para ello esta solemne tribuna que habéis concedido a España, digo, que ni por estímulo directo, ni por el ejemplo de claudicaciones vergonzosas contempladas en otros pueblos, la representación de las Cortes Españolas ha servido en ningún momento el propósito de convalidar los poderes de hecho que ejercitan los temporales ocupantes de aquel poder. Cualquier otro título podrán presentar ante la conciencia universal para sostener donde se encuentran, menos uno: el de la legitimidad, el de la legalidad. (Aplausos). La resignación, la grandeza con que estos hombres soportan el destierro, habiendo perdido posiciones que parecían definitivamente aseguradas, incluso la consideración de aquellos que sostienen una opinión que trepa siempre a la zaga de los vencedores, les enaltece y honra. Ninguna consideración ha llevado a la emigración española, representada aquí por sus diputados a Cortés, a transigir, a claudicar. Habríamos de

permanecer lo que nos resta de vida física en tierras americanas, que por ser tierras americanas son tierras propias, son tierras nuestras...(Aplausos) y habrían de recoger en su seno amoroso nuestros huesos hasta convertirlos en cenizas, y ninguno de ellos claudicaría ante el opresor y el tirano de la patria; permanecerían como hasta ahora lo han hecho durante cuatro años. (Aplausos).

Temo cometer agravio si insisto reiteradamente en la expresión de ideas que son las que en realidad nutren la vida de México; pero nosotros no hemos olvidado, no podemos olvidar, las palabras aleccionadoras y confortadoras de vuestro Presidente, cuando en acto solemne nos decía: "Hago votos por que el término de la conflagración que aflige al mundo devuelva vuestro destino la continuidad de esa España eterna por la que luchasteis sin desfallecimientos" (Aplausos). Visión general de un estadista que, interpretando recta y lealmente los sentimientos de su pueblo, acude a remediar la injusticia cometida con pueblos ajenos.

Señores: yo he participado en distintas conmemoraciones igual a la que hoy aquí se celebra. Eran los días apacibles de la solidaridad internacional; quedaba holgado hueco para que la pompa oratoria, al retórica cortesana, tejieran las más bellas frases y se adornaran de las mejores galas; no había resquicio para que la voz agorera de los profetas enturbiara la placidez de los actos y pudiera producir perturbaciones mayores en los ánimos siempre moderados y mesurados de los estadistas. Las fuerzas siniestras del mal desveladas, preparaban muy distinto porvenir al mundo; cuando nosotros celebrábamos estas fiestas y cantábamos las virtudes de la raza, el desarrollo progresivo de sus instituciones, el cultivo de sus prácticas democráticas, cuando todos y cada uno de los gobernantes de los pueblos de hispanoamérica se recrearon en la visión de un porvenir risueño donde iban a multiplicarse los medios de producción, las más excelentes cualidades de su genio, no creíamos en la inminencia de la catástrofe. La guerra nos ha tomado de las manos.

Sueñan quienes piensen que existen en el mundo zonas exentas. Las más lejanas pueden recibir las salpicaduras de los combates sangrientos y verse también sometidos a las duras, tremendas pruebas, a que están sometidos los contendientes donde se combate. Alguno de los pueblos agresores, algunos de los Estados agresores, han caído ya, fueron derrotados, y ese tragicómico dictador italiano que un día convirtió a su Rey en Emperador, como si ciertas insuficiencias pudieran substituirse por golpes de audacia, purga en el destierro la ignominia de su derrota, el desamor de su pueblo y contempla cómo se va escribiendo en los muros de las cosas futuras la condenación que su conducta ha merecido. Pero no nos hagamos la ilusión de que esta caída significa el fin inmediato de la guerra. Duras jornadas quedan todavía por hacer, largo camino el que habrá de recorrer la Humanidad en la ascensión hacia un mundo mejor. Los pueblos mayores -llamo pueblos mayores a aquellos que los son por su poderío económico y por su fuerza militar-, los pueblos mayores que integran la constelación de las Naciones Unidas, tienen unos deberes que cumplir, de los que ni la historia ni la conciencia universal les permiten desertar. Han de ayudar a recobrar las libertades perdidas a las naciones que hoy están esclavizadas y tienen que normar la vida internacional para que los tratados no se conviertan en pedazos de papel sujetos a los caprichos de los tiranos y de los dictadores; han de reorganizar las sociedades a base de justicia social para que no sea estéril e infecundo el sacrificio del mundo, para que las multitudes que han ido a derramar pródiga y generosamente en los campos de batalla su sangre, no puedan preguntar y preguntarse si el sacrificio habrá sido inútil y estéril; tienen que dejar al margen, sin cotización, todos los afanes imperialistas, porque en la organización futura de la Humanidad no habrá, no puede haber sitio, para los estados rapaces que, so pretexto de una superioridad racial, económica o política, quieren convertir a los demás pueblos menores en vasallos o súbditos (aplausos nutridos). Deberán cumplir hasta el fin la palabra que dieron.

Yo he sido testigo y actor indirecto, como gran parte de vosotros, en la tragedia que se desarrolló en mil novecientos catorce a mil novecientos dieciocho. La Humanidad también se apresuró a entregar generosamente su sacrificio, encendido el ánimo por las promesas que se le hacían. Mi generación, que participó en esta guerra, conoce esta otra y no tenemos derecho, no tienen derecho los próceres de la Tierra, por grande que sea su jerarquía y posición dentro de la vida internacional, a preparar para las generaciones inmediatas, futuras, un porvenir igual al tristísimo y trágico presente, que nosotros estamos sufriendo (Aplausos).

España, en esta empresa, quiere ocupar su puesto. Solamente os pide que le facilitéis la ocasión para que con plenitud de autoridad y de respetabilidad pueda alinearse a vuestro lado, no como pariente vergonzoso al que se admite en la compañía por una declinación generosa del ánimo, sino como igual, como colaborador, con los mismos derechos y con las mismas obligaciones. (Aplausos nutridos). A la representación de América, a toda ella, a la del Sur, a la del Centro y a la del Norte, hago este requerimiento y solicitud. (Aplausos nutridos).

Los plazos se estrechan, las horas son escasas. ha de producirse por decoro y perspicacia de todos, previamente, lo que luego habrá de realizarse, urgido por las circunstancias. La mejor justicia es la que repara el agravio sin tener en situación dolorosa al agraviado, y esa justicia está en vuestras manos hacerla.

Pienso yo, no me parece excesivo decirlo, afirmarlo, que quizá sea la mejor conmemoración del día de la Raza, el homenaje mayor que pudiéramos tributar a los libertadores de esos pueblos, cuya enumeración escuchaba de labios del licenciado Madrazo, pienso yo que quizá sería éste el mejor homenaje que a todos ellos pudiera rendirse.

Al fin y al cabo, en un resumen final de nuestras cuentas, pensad señores, que la reivindicación del derecho de España no es otra cosa sino el prólogo de las reivindicaciones de los derechos del mundo.

(Los señores senadores y diputados, en pie, tributan larga ovación al orador).

El C. Presidente: Tiene al palabra el señor Oscar Schnake Vergara, Embajador de la República de Chile. (Aplausos nutridos).

- El Embajador de Chile, señor Oscar Schnake Vergara: Señores senadores y diputados; señores ministros, señoras y señores: Agradezco muy sinceramente la cordial invitación que me formulara el Congreso de la Unión para llegar a esta tribuna. La agradezco con sinceridad, como es sincera la actitud de todos nuestros pueblos en este instante crucial del mundo, la agradezco como un honor en esta ocasión.

Cuando hasta las playas de nuestras tierras llegaron las carabelas de Colón, seguramente todos sus hombres, al oír el grito de "tierra", sintieron un íntimo regocijo, pues al pisar tierra estas tierras guiados por ese instinto permanente de la Humanidad, tuvieron el presentimiento de que no solamente daban un Continente más al mundo, sino que daban ese día una reserva para que la Humanidad, en los días de hoy, pudiera salvar la civilización en peligro.

América es, sin duda, el Arca Santa de las libertades pisoteadas en el Viejo Continente; América es el mencionado refugio para mitigar los cruentos dolores de millares de hombres; América es también ese asilo generoso que se da al que pertenece a la misma casa y para todos aquellos hombres, mujeres y niños que, víctimas de la crueldad, han tenido que arrancar hasta nosotros.

Y América es también esa trinchera invencible que avanza con la fuerza incontenible que tiene el tiempo, para llevar mañana nuevamente las libertades a Europa. América es hoy, la esperanza limpia, clara y sincera del nuevo amanecer del mundo!

Nuestros pueblos jóvenes han podido y pueden mirar desde los cortos años de su vida el suceder rápido de los acontecimientos más salientes de nuestra noche obscura y larga de la Colonia, -noche que en un canto de amor- con oídos y con amores se fundieron nuestras razas aborígenes con las razas de Europa para dar formación a estos nuestros nuevos pueblos; ha sentido los aleteos alentadores y orientadores que sobre el mundo entero hizo la revolución francesa; sintió los balbuceos hermosos de nuestra Independencia común; ha participado menguadamente en el proceso de industrialización del mundo; mengua que todavía tiene a media América en posición de países semicoloniales.

Vimos en seguida la guerra del catorce, la Guerra Europea, guerra de cuyos escombros también surgió, -como hace tantos siglos, un Continente para salvar al mundo- surgió otro pedazo de continente: Rusia que desencadenó sobre las masas del mundo un ansia de mayor bienestar, un ansia de mayor justicia social, y hoy vemos y seguimos esta guerra, guerra del mundo entero, guerra que nos hace vivir una noche de tortura, de dolores y de muerte, pero guerra también que nos hace presentir un amanecer esplendoroso y promisor en que todos los pueblos gocen de esa paz grande que los hombres de hoy ansían, quieren, necesitan; que todos los hombres exigen; guerra que también ha hecho asomar hacia el mundo a nuestro continente, a nuestra América; y América tiene ya el presentimiento, la voluntad y la convicción de que habrá de ser el continente que mate la barbarie, que mañana sea capaz de dar a los hombres esa paz grande que todos llevamos en nuestro corazón. (Aplausos nutridos).

Esta guerra de todos los costados del mundo, esta guerra adviene a él precisamente en el instante en que el régimen de convivencia democrática entre los hombres y entre las naciones parecía ser el ancho y gran cauce por donde los países y los hombres echaron a perfeccionar sus ansias de mejoramiento, su deseo de bienestar, sus ansias de felicidad, justicia, libertad y paz.

Viene la guerra, cuando la democracia en el mundo parecía ser la etapa que los hombres hubiesen encontrado para vivir mejor. Europa, como todos los países, ha debido sufrir en los últimos años esa lucha entre la democracia y el gran capitalismo internacional. Y es, sin duda, el gran capitalismo internacional el que socavó la fe de las masas en los principios democráticos, el que rompió en los dirigentes de las naciones la profunda y sólida convicción democrática de otrora. Es, sin duda, el gran capitalismo internacional, el que llevó a los países europeos al falso espejismo de creer que salvándose cada una de ellas, aisladamente, de las tremendas consecuencias de una guerra, ya bien podía la guerra asolar al resto de la Humanidad. Este ablandamiento o quiebra de las convicciones democráticas en la vida de las grandes naciones, hizo posible que una a una fueran cayendo las naciones de Europa en las fauces insaciables del nazifascismo. Esta acción del capitalismo internacional fue la que llevó a los dirigentes de grandes naciones a no presentir siquiera, que cuando en un país vecino como España, toda la fuerza internacional daba una puñalada fraticida en pleno corazón al heroico pueblo español (aplausos), no pudieron ni siquiera presentir, que también esa metralla internacional y fraticida iba a llegar a su propia tierra, a sus propias casas.

Y así, hemos visto a las democracias, debilitadas por este capitalismo internacional, casi entregadas ante el genio demoníaco, inhumano, sanguinario y antisocial del nazifascismo; las hemos visto cómo fueron a inclinar ante esa fuerza, los corazones, ya débiles y marchitados, y las vidas de las democracias europeas del mundo en Münich!

Pero si grande es el día que conmemoramos hoy, si grande es el instante en que los hombres de Isabel la Católica pisaron esta nueva tierra para darle un nuevo mundo al mundo, grande también es ese segundo estelar de la historia; es ese medio día del año 40 en que el pueblo inglés concitó todas sus voluntades de vivir, concitó todos sus esfuerzos para no perecer ante la barbarie y produjo esa ecuación admirable, que se llama Churchill quien, en medio de la isla de los ingleses gritó al mundo: "¡De la derrota sacaremos nuestro triunfo! ¡Con muerte, sudor y sufrimiento, habremos de imponer la libertad nuevamente sobre la tierra!" (Aplausos).

Y ante ese instante, largo en el espacio pequeño

del tiempo en la Humanidad, en que las democracias de América van concitando también sus esfuerzos, y en nuestros regímenes democráticos se va condensando la voluntad invencible de organizarse para enfrentar al nuevo Atila, y se va formando la voluntad grandiosa que hoy tiene a América entera y unida para decirles a los Atilas de Europa como les dijo el pueblo español: "¡No pasarán!" (Aplausos).

Esta guerra parece destruirlo todo, parece destruir el mundo entero; pero la Humanidad no perece jamás! Yo no creo en la muerte de Europa porque es cuna de civilizaciones y es el espinazo dorsal de acero que el mundo ha tenido y tendrá todavía por muchos años. Tampoco creo en la muerte de nuestros países jóvenes. No puedo creer en la muerte de América, porque América recién para el mundo comienza a vivir! Creo, sí, en la victoria, en la victoria que será nuestra y será de todos mañana. Creo también en la muerte definitiva de muchas ideas, de muchos conceptos, y, sobre todo, tengo fe en que desaparezca de la faz de nuestros pueblos, ese terror, ese dolor y esa muerte tan grande como la que producen las guerras; ese dolor, esa tortura, esa muerte, ese sufrimiento diario y permanente que sienten todos los hombres humildes de nuestras tierras y de todas las tierras del mundo! (Aplausos). Creo, que junto con hacer la victoria y junto con iniciar la gran paz de esta tierra, habremos de dar muerte definitiva a aquello que es la causa de toda esta tremenda hecatombe de la Humanidad.

Hay algo que ya se hace en la conciencia de nuestros hombres más humildes y que va forjando convicciones en los dirigentes y en los hombres responsables de todos los países y que es lo que afirmaba nuestro querido licenciado Madrazo: no podrá haber en adelante, si queremos gozar de una paz verdadera, grande y duradera, naciones chicas que vivan permanentemente bajo el terror de ser víctimas de naciones grandes.

No podrá haber pequeñas naciones ni medios continentes que estén aguardando que como fruto de la guerra y como fruto de la paz dependan de la buena voluntad de las naciones grandes del mundo para crear y forjar su destino, y no podrá haber tampoco al lado de esta democracia internacional que todos los países propugnamos, la enorme injusticia económica y social que hay sobre la tierra.

Recuerdo en este instante, que al partir de mi país, al pasar por los centros mineros del cobre, un cargador de nuestros puertos estrujando el sudor provocado por la gran linga de metal depositada en el barco, me dijo con sencillez, con emoción y con sinceridad: "Tal vez después de la guerra la vida sea mejor!" Si pudiéramos acallar el ruido de los cañones en un segundo sobre la tierra, estoy seguro que ese anhelo de aquel modesto y anónimo hombre de mi tierra lo oiríamos repetido con ecos cada vez más crecientes por todos los trabajadores del mundo, por todos los soldados que luchan hoy por la victoria de la democracia. (Aplausos).

Mientras los trabajadores de nuestro Continente excavan las entrañas de la tierra, penetran a la obscuridad de nuestras selvas y hacen el esfuerzo noble para cooperar a las industrias de guerra; mientras los soldados están atentos para ganar un pedazo más de tierra y un grupo más de hombres para la civilización, estoy seguro que en la barreta de ese trabajador y en la mochila de aquel soldado está prendida, sangrante, esta esperanza de fuego en una Humanidad mejor! (Aplausos).

Justo es que hoy recordemos a ese grupo de hombres audaces y a ese genio que incorporara nuestro Continente a la Humanidad; justo y necesario es meditar también un instante sobre nuestro futuro. Seguramente Colón, al pisar tierra y al elevar su oración íntima, lo hizo pensando en lo grande y penoso de la tarea que recién acababa de cumplir; pero también pensando en lo enorme de la tarea que tenía por delante. Así nosotros, hoy que tenemos esta América grande y unida dispuesta a ganar la victoria y a crear la paz sobre el mundo, pensemos un instante en nosotros mismos y que el calor de la lucha no ciegue nuestro entendimiento para que mañana vayamos a perdurar en los mismos errores que cometimos ayer.

Creo en América y esta fe que tengo en ella y que todos vosotros también tenéis, es la mejor cooperación que prestamos a la causa de la Humanidad y al triunfo de las democracias en el mundo.

Creo en América desde Alaska al Cabo de Hornos, y creo también más, porque pertenezco a ellos, en todos nuestros países jóvenes indoamericanos, porque las razas de donde venimos, la ibérica y las autóctonas nuestras, fueron siempre en su vida milenarias, razas generosas, razas que enarbolaron siempre la lucha por el ideal, razas sabedoras de su propio destino. Y creo en nuestros pequeños países, por que como dijo el poeta de América Pablo Neruda, Bolívar despierta cada cien años al rumor del pueblo que crece y está dispuesto a triunfar.

Hoy es el momento en que nosotros sepamos oír el rumor de nuestros pueblos que despiertan. Tengamos la responsabilidad de esa América compuesta por países indoamericanos que deben ser orgullo de este Continente y que seamos capaces de dar a Europa un nuevo conjunto de hombres civilizados y que vivan en paz con su conciencia y en felicidad con su propia carne adolorida y hambrienta. (Aplausos).

La guerra, con algo de irreverencia tremenda para todos aquellos que han dejado y dejaron tendidos sus huesos a lo largo de esta tormenta; la guerra pienso que tiene para nosotros los jóvenes pueblos de Indoamérica, una virtud muy grande ¡ Bendita sea la guerra ! Porque es esta guerra la que ha hecho ver a algunos hombres que más allá de sus ranchos, más allá de sus provincias, más allá de sus países y de su propio Continente, hay un mundo del cual todos somos solidarios en el sufrimiento y en el placer, en las injusticias y en la felicidad.

Encerrados en un nacionalismo estrecho como el que llevó a los países de la Europa al derrumbe y a las fauces del nazifascismo, nuestros países corren peligro de no ser ya más algo en la historia de la Humanidad, de haber perdido la guerra, de no saber aprovechar ni la paz y de no ser un

grupo de naciones que se ponga a tono con lo que es este siglo.

Bendita guerra ésta que además de lo dicho nos ha dado la conciencia a nosotros, países indoamericanos, de que existe Cuba, que existe México, Venezuela, Colombia, Brasil, Ecuador, Perú, Chile. Bendita esta guerra si nos hace comprender que tenemos que cooperar al triunfo de la democracia y a la unión del Continente y hace que nos miremos a nosotros mismos y veamos que poseemos tierra rica, tierra fértil; que somos ciento veinte millones de hombres y que, con un esfuerzo nuestro y con la voluntad mancomunada de todos, podemos hacer de estos países, hoy tan sembrados de miseria, tan sembrados de dolor, tan sembrados de injusticias, países progresistas, países con grandes industrias, países con gran cultura en que no exista ya más la miseria y la justicia social! (Aplausos nutridos).

La primera tarea es la del triunfo; nuestra primera voluntad es para que triunfen las democracias y afirmemos este pilote en que se amarra hoy día el futuro de la humanidad, que es la unidad del Continente Americano. Y dentro de esta tarea grande, nos cabe esta otra a nosotros. ¿Que va a ser de nuestros países mañana? ¡Por qué no acrecentamos esa voluntad para que nuestros dirigentes sean capaces de destruir la miseria nuestra? Se dice que es difícil. Yo no lo creo. He visto dos milagros en el mundo en los últimos años, Estados Unidos, que se ha hecho un país portentoso en que el standard de vida de la gente corresponde a hombres civilizados, en que está satisfecho lo esencial que el hombre necesita: comer para vivir. He visto el otro proceso fantástico de Rusia: millones de hombres esparcidos en estepas y terrenos inhospitalarios, que ha destruido su propia miseria y lucha por convertir a esa nación en una promisora marcha hacia adelante. ¿Por qué nosotros no podríamos hacer eso? ¿Por qué en nuestros países no miramos que como primera tarea, antes de vender todo lo que producimos y todo lo que tenemos al resto del mundo, debemos de darle de comer a los hombres de nuestras mismas tierras? (Aplausos). Esta es la base de nuestra acción y esta tarea es la que pesa seguramente sobre nosotros y nadie podrá rehuirla! Es una responsabilidad que no podemos eludir ante la historia: limpiarnos de todos los malos entendimientos que antes tuvimos; acrecentar nuestra voluntad para unirnos futuramente y ser Estados Indoamericanos con hombres fuertes y felices para una grande y fuerte América.

Creo que este homenaje es el que ante nuestra conciencia debemos elevar hoy para aquellos que nos dieron vida como Continente incorporado a la humanidad; y creo, también, que no podremos desoír el rumor y el anhelo del humilde, sino que tendremos que avocarnos a esa tarea de cumplir sus anhelos!

Por eso, en este día, doce de octubre, fiesta de la Raza, en que celebramos la unidad de nuestro Continente Americano, elevo ante vosotros, hombres responsables del porvenir de esta maravillosa y libre tierra de México, y en lo íntimo de mi ser, una plegaria grande y suave para que nuestros hombros sean cada día más hermanos, para que mañana podamos decir con orgullo: hemos borrado la miseria de nuestros países y hemos hecho un Continente grande! (Aplausos nutridos).

El C. Presidente: Tiene la palabra el C. senador Joaquín Martínez Chavarría. (Aplausos).

El C. senador Martínez Chavarría: Ciudadanos diputados y senadores: Ante el panorama sangriento del mundo, en este día en que deberían cantarse las glorias de nuestra raza, entonando alabanzas para aquellos que con perfiles vigorosos crearon la nacionalidad latino-americana, vamos a comentar los problemas más culminantes que inquietan con pavor nuestros espíritus y que nos hacen meditar ampliamente acerca del futuro de América.

Como consecuencia lógica de nuestros antecedentes étnicos y raciales, cuando hablamos del descubrimiento de América, asociamos el pensamiento con España, y la consideramos como la madre cordial que con su sangre amamantó a sus hijos, las naciones latino-americanas. De esta consideración, perfectamente encuadrada en nuestra propia existencia, nació el concepto del iberoamericanismo, o hispanidad, como hoy se le llama, y cuya tendencia debería ser el acercamiento espiritual de los pueblos de América hacia España. Sin embargo, en los últimos tiempos, el ideal iberoamericano ha sufrido tremendas mixtificaciones. Francisco Franco, el detentador del Poder Público español, ha definido la hispanidad como una idea constructiva, pero en el fondo tiene todos los matices siniestros de hitlerismo. La confirmación anterior la tenemos en el punto tercero de los veintiséis que forman el programa del fascio español, cuando afirma: "en lo que respecta a los países hispanoamericanos aspiramos a la unificación de la cultura, de los intereses económicos y del poder. España reclama un puesto prominente en todas las tareas comunes por efecto de su posición como cuna espiritual del mundo español". La declaración es terminante, categórica. Franco sueña con aprovechar los vínculos raciales que nos unen con España para convertirse en el amo de estas tierra americanas que, posiblemente en su estulticia, las considera como susceptibles de conquistarse para encadenarlas al nuevo orden proclamado por su mentor espiritual Adolfo Hitler.

La petulancia del franquismo ha llegado al colmo, cuando uno de sus voceros más destacados declaró que la influencia moral que pretendían proyectar sobre América, era con el propósito de "restablecer el prestigio de la cultura española por oposición a la pretendida usurpación de otra cultura, poniendo en esta tarea el mismo espíritu generoso que España puso cuando dio su sangre, su fuerza y lo mejor de su espíritu, en el trabajo de descubrir, conquistar y evangelizar nuevas tierras. En este sentido, nuestras pretensiones se refieren también a América con el objeto de defender los derechos de esas naciones hermanas". Se nos considera por el franquismo como pueblos no aptos para defendernos; que todavía necesitamos del tutelaje de otra nación para marcar la ruta de nuestro destino. La hipocresía está aparentemente bien encubierta. Se explotan lo lazos sanguíneos; la

cultura; el idioma; la religión, y cuanto merece nuestros más altos respetos, para atraernos, para deslumbrarnos y después inmolarnos en aras del totalitarismo español, hermano gemelo del fascismo italiano, del nazismo alemán y del militarismo japonés. (Aplausos).

Y no se crea que las elucubraciones mentales del franquismo se han concretado a la confección de programas y pronunciación de discursos. La propaganda en favor de la hispanidad franquista cuenta con la llamada Falange Española que va infiltrando sus ideas en forma apacible, pero posiblemente de efectos virulentos, entre algunos pueblos latino americanos. Arteramente se envenena el espíritu público; se explota el fanatismo de las masas ignaras; se propagan versiones tendenciosas en contra de las naciones que aparecen como abunderadas de la democracia; se señala con pavor la influencia del comunismo sobre las mentes de nuestros indios y mestizos; se forjan leyendas de grandeza en torno de los exponentes de la doctrina totalitaria, que envuelta en los ropajes de nuestra decantada hispanidad, se presenta a los millones de latinoamericanos como el símbolo de nuestra liberación. Conociendo la tendencia del franquismo por lo que respecta a los países latinoamericanos; sabiendo de las actividades de la Falange Española en tierras americanas; y consecuentes con nuestro credo revolucionario, no podemos menos que auspiciar, dentro de nuestras modestas posibilidades, las gestiones que se hacen para que los políticos españoles que se encuentran entre nosotros, no como exiliados, sino como camaradas identificados en el mismo ideal democrático, hagan cuanto esté de su parte por unificarse; por liquidar rencores de facción, para ver si es posible la organización de los contingentes españoles que en su oportunidad estén prestos para luchar por el advenimiento en España, de la nueva República.

Ahora bien, frente a la llamada hispanidad franquista, los pueblos del Continente americano, sin mayores alardes oratorios, han creado una doctrina que consideran como la expresión del pensamiento que animó a Bolívar, a Hidalgo, a Sucre, a San Martín y a otros muchos paladines de la libertad continental americana. Esta doctrina implica el acercamiento de los pueblos americanos bajo el signo de la cooperación, resolución pacífica de sus controversias y fortalecimiento de su unidad. Se le conoce con el nombre de panamericanismo y es completamente contrario al pangermanismo que, como es bien sabido, surgió de una idea de lucha, absorción y dominio La expresión jurídica del panamericanismo se manifestó en fórmulas puras a través de una serie de tratados y convenciones suscritas por los gobiernos americanos desde la Independencia. Esos tratados eran los pensamientos bolivarianos en marcha, los que pudieron haber animado el Congreso de Panamá que ideó el Libertador. El panamericanismo tuvo su expresión concreta, canalizada como anhelo de los pueblos americanos, en la Primera Conferencia Panamericana reunida en mil ochocientos noventa y ocho en Washington. Posteriormente se han efectuado diversas conferencias y en todas ellas el ideal panamericano se ha manifestado en toda su excelsitud; México, no obstante las contingencias de su agitada vida política, siempre se ha considerado como devoto del panamericanismo.

En la última conferencia de Río de Janeiro, la voz de México tuvo el sortilegio de encauzar las actividades de la reunión hacia una colaboración más estrecha, más efectiva. La solidaridad continental proclamada por nosotros, tuvo acogedoras repercusiones entre la mayoría de los países latinoamericanos. En la actualidad solamente una nación, por voluntad expresa de quienes controlan el Poder Público, continúa sosteniendo una simulada neutralidad, que algunos consideran como parcial al nazismo alemán. Ojalá que en un futuro próximo el pueblo de ese gran país sea dueño de sus propios destinos, para que sus grandes recursos humanos y económicos sean puestos al servicio del triunfo de las democracias. Por lo demás, nosotros continuamos teniendo fe en el panamericanismo. Sabemos perfectamente que uno de los problemas substanciales de la postguerra, al finalizar la actual lucha, será la propugnación por que tenga un sentido absoluto de la unidad y la comunidad de intereses, tan elocuentemente manifestada en esta hora crucial, en esta hora de guerra. La guerra, con todos sus trágicos horrores, ha revelado a América su propio destino. La carta del Atlántico, concebida cuando las naciones unidas vivían momentos angustiosos, constituye para los pueblos amantes de la libertad la más sólida garantía de supervivencia. Solamente aquellos que comulgan con el nazismo pueden asegurar que los postulados democráticos de las naciones unidas sólo tuvieron su origen en una campaña de proselitismo. Tenemos fe en que el mundo será libre; que todos los pueblos sojuzgados, sea cual fuere su raza, su religión, su color, serán libres; libres para gobernarse, libres para creer en el dios que mejor cuadre con sus conciencias y libres para pensar, para amar. (Aplausos).

Preparémonos, pues, entonces, para que esta guerra no guarde su fiesta de despojos; que tenga el sentido de arrancar de los hombres la simiente del odio; y que sólo quede como testimonio de que hubo países insensatos que quisieron valerse de la violencia para uniformar y reglamentar ajenas convicciones.

Mientras viene los días en que el mundo se ocupe de algo elevado y puro, que nuestras acciones actuales sean de afirmación heroica y sincera, que destierren toda incertidumbre de la conciencia, toda inquietud en los corazones.

Asimismo consideramos que, al final de la guerra, debe América fortalecer su contenido democrático, que deje de ser una cosa de grandes palabras o hasta de una mítica para encuadrarse dentro de una pureza democrática. Para ser consecuentes con el credo democrático, deben los pueblos de América proceder a una revisión interna de sus regímenes domésticos. La realidad democrática debe imponerse sobre los intereses de personas o de partido. Las dictaduras, disfrazadas de democracias, deben ser eliminadas del Continente americano. No más pueblos sojuzgados ni por tendencias totalitarias ni por imperialismos extranjeros ni por

castas privilegiadas ni por dictadores criollos. Gobiernos emanados del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, esa es la esencia suprema de la democracia.

La lucha actual ha de servir para el aseguramiento de nuestros destinos, para que cumplamos la parte que nos corresponde, lo que la conciencia nos asigna y lo que el deber nos imponga. Estamos, pues, frente a una piedra de deslinde; es la hora transitiva en la que México encontrará soluciones de ancho y profundo horizonte, sosteniendo la llama tradicional de su inconformidad a toda esclavitud, y sin retenciones en la expresión de sus pensamientos luchará firmemente al lado de las democracias.

En este día en que por antonomasia lo hemos dado en llamar "Día de la Raza", bien está rememorarla gesta del Gran Almirante por lo que tiene de enseñanza del esfuerzo rector y del ejemplo directriz. Ya en su tiempo Turgot pudo decir, en el ángulo de la ejemplaridad, que lo que más admiraba en Colón no era el haber descubierto el Nuevo Mundo, sino el haber salido a buscarlo sobre la fe de una idea. Y con fe en el mañana pongamos toda la contribución del esfuerzo nacional por hacerle a la patria mexicana un porvenir fuerte y tranquilo.

Al bajar de esta tribuna, permítaseme decir que hay un libro de Maragall en el que se refiere al encuentro afortunado que tuvo un arquitecto al descubrir a la mujer de sus sueños. Desde ese día, si el arquitecto levantaba un monumento, era como para rendirle pleitesía a su belleza; si proyectaba una arcada, pensaba que nada mejor para que por ella pasara el esplendor de sus encantos; y si ideaba un palacio, era como para que él guardara su hermosura.

Y en ese ensueño del poeta catalán es donde puede quedar expresada la pauta de toda nuestra vida; que si levantamos un arco de triunfo, que sea para que la patria pase por él sus días de gloria; si se hace una escuela, que sea para que en ella se bendiga su nombre; y sin una tela se teje, que sea pensando que en ella encontrarán calor de cariño la niñez dueña del mañana, la que intentará todas las osadías por hacer más venturosa esta patria mexicana que tanto amamos. (Aplausos nutridos).

El C. Secretario Díaz Durán Fernando: Se va a dar lectura al acta de la presente sesión.

"Acta de la sesión solemne celebrada por el XXXIX Congreso de la Unión, el doce de octubre de mil novecientos cuarenta y tres, para conmemorar el Día de las Américas.

"Presidencia del C. Gorgonio Quesnel Acosta.

"En la ciudad de México, a las diez horas y treinta minutos del martes doce de octubre de mil novecientos cuarenta y tres, con asistencia de noventa ciudadanos diputados y cuarenta ciudadanos senadores, se abre esta sesión solemne que celebra el Congreso de la Unión para conmemorar el Día de las Américas.

"Asisten a esta sesión Secretarios de Estado y Jefes de Departamentos del Ejecutivo, la Suprema Corte de Justicia de la Nación y el Cuerpo Diplomático acreditado en nuestro país, así como el señor Diego Martínez Barrio, en representación de las Cortes Españolas, y una delegación de diputados republicanos españoles.

"Se nombra en comisión a los CC. Fernando Moctezuma, Rafael Murillo Vidal, Leopoldo Hernández y secretario Fernando Díaz Durán para introducir al Salón de Sesiones al C. licenciado Miguel Alemán, Secretario de Estado y del Despacho de Gobernación; y a los CC. Manuel Moreno Sánchez, Miguel Moreno Padilla y Francisco López Serrano para introducir al recinto parlamentario al C. licenciado Ezequiel Padilla, Secretario de Relaciones Exteriores, y al señor doctor Joaquín Fernández y Fernández, Jefe de la Cancillería chilena.

"El C. diputado Carlos A. Madrazo, en representación de la Cámara de Diputados; el señor Diego Martínez Barrio, en representación de las Cortes Españolas; el señor Oscar Schnake Vergara, Embajador de la República de Chile en nuestro país; y el C. senador Joaquín Martínez Chavarría, en representación de la Cámara de Senadores, pronuncian discursos alusivos al día que se celebra.

"Las mismas comisiones que introdujeron al Salón de Sesiones a los invitados de honor, los acompañan a su salida del recinto parlamentario.

"Se lee la presente acta".

Está a discusión el acta. No habiendo quien haga uso de la palabra, en votación económica se pregunta si se aprueba. Los que estén por la afirmativa se servirán indicarlo. Aprobada.

El C. Presidente: (a las 13 horas): Se levanta la sesión.

TAQUIGRAFÍA PARLAMENTARIA Y "DIARIO DE LOS DEBATES" El Director, Jefe de la Oficina, JUAN ANTONIO MOLL.