Legislatura LV - Año II - Período Comisión Permanente - Fecha 19930213 - Número de Diario 0

(L55A2PcpN000F19930213.xml)Edición Especial

ENCABEZADO

LV LEGISLATURA

PODER LEGISLATIVO FEDERAL

DIARIO DE LOS DEBATES

DEL CONGRESO DE LOS ESTADOS UNIDOS MEXICANOS

PRESIDENTE DE LA COMISIÓN DE RÉGIMEN INTERNO Y CONCERTACIÓN POLÍTICA

Diputado Fernando Ortiz Arana

PALACIO LEGISLATIVO

DIRECTOR DEL DIARIO DE LOS DEBATES Héctor de Antuñano y Lora

AÑO II México, D.F., sábado 13 de febrero de 1993 Edición Especial

SESIÓN SOLEMNE

SUMARIO

Honores a la Bandera

Decreto del 29 de diciembre de 1992.

Lectura por el diputado Fernando Roberto Ordorica Pérez

INTERVENCIONES DE LOS DIPUTADOS:

Miguel González Avelar, presidente de la Comisión de Régimen, Reglamento y

Prácticas Parlamentarias.

Martín Tavira Urióstegui, del Partido Popular Socialista.

Othón Salazar Ramírez, del Partido de la Revolución Democrática.

Odilón Cantú Domínguez, del Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional.

Gustavo Nabor Ojeda Delgado, del Partido Revolución Institucional.

Develación del nombre de Ignacio Manuel Altamirano

Himno Nacional XIII

APÉNDICES

Iniciativa para que se inscriba en letras de oro, en el recinto de la Cámara de Diputados, el nombre de Ignacio Manuel Altamirano.

Dictamen de la Comisión de Régimen, Reglamento y Prácticas Parlamentarias.

DEBATE

El Oficial Mayor de la Cámara de Diputados, licenciado Mario Alberto Navarro Manrique: -Señores legisladores; señoras y señores; distinguidos invitados: Iniciaremos esta solemne ceremonia con los honores a nuestra Bandera Nacional, que será escoltada por los alumnos de la Escuela Secundaria Anexa de la Normal Superior.

Les ruego se sirvan ponerse de pie.

Pueden tomar asiento señores, por favor.

En seguida daremos cumplimiento al decreto publicado en el Diario Oficial del 29 de diciembre de 1992.

Se inicia esta ceremonia solemne para develar en los muros de esta Cámara de Diputados, el nombre de Ignacio Manuel Altamirano.

Rogamos al diputado Fernando Ordorica Pérez, se sirva dar lectura al decreto que dio origen a esta ceremonia solemne.

El diputado Fernando Roberto Ordorica Pérez: -Carlos Salinas de Gortari, Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, a sus habitantes sabed:

Que la Cámara de Diputados del honorable Congreso de la Unión, se ha servido dirigirme el siguiente

DECRETO

La Cámara de Diputados, con fundamento en la fracción I del artículo 77 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos

DECRETA

Artículo único. Inscríbase en letras de oro, en el lugar de honor del Recinto de la honorable Cámara de Diputados, el nombre de Ignacio Manuel Altamirano.

TRANSITORIOS

Artículo primero. Facúltese a la Comisión de Régimen, Reglamento y Prácticas Parlamentarias para determinar fecha y hora de la ceremonia alusiva y para que en su caso, se use este Recinto para realizarla.

Artículo segundo. Este decreto entrará en vigor el día de su publicación en el Diario Oficial de la Federación.

Salón de sesiones de la Cámara de Diputados del honorable Congreso de la Unión. México, Distrito Federal, a 21 de diciembre de 1992. Diputado Guillermo Pacheco Pulido, Presidente; diputado Luis Pérez Díaz, secretario; diputada María Guadalupe Salinas Aguila, secretaria.

En cumplimiento de lo dispuesto por la fracción I del artículo 89 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y para su debida publicación y observancia, expido el presente decreto en la residencia del Poder Ejecutivo Federal en la Ciudad de México, Distrito Federal, a los 23 días del mes de diciembre de 1992.

El Oficial Mayor: -Escucharemos las palabras del señor diputado Miguel González Avelar, presidente de la Comisión de Régimen, Reglamento y Prácticas Parlamentarias.

El diputado Miguel González Avelar: -Señor Presidente de la Cámara de Diputados, señores gobernadores de los estados de México y Guerrero; muy distinguidos invitados especiales que nos honran con su presencia; señoras y señores:

Cuando la representación nacional rinde homenaje a un hombre de la jerarquía espiritual y política de Ignacio Manuel Altamirano, ciertamente hace justicia a un mexicano de excepción; pero también, muy principalmente, indica a la sociedad un paradigma y un rumbo. Proclama de este modo que las virtudes que encarnaron en su persona son aquellas que enriquecen la vida material y espiritual de los mexicanos y propone a los legisladores mismos y al pueblo entero, un modelo de vida forjado en la autenticidad y el esfuerzo.

Es difícil imaginar, como en el caso de Altamirano, condiciones más adversas a partir de las cuales un hombre habría de elevarse, desde las perspectivas casi seguras del analfabetismo, hasta presidir la república de las letras. Nació tan pobre como salían todos los habitantes de Tixtla y a fuerza de sí mismo, movido por una poderosa voluntad de independizar su pensamiento, adquirió una vasta y sólida ilustración. Veintidós tomos considerables nos entregan hoy el testimonio de su capacidad creadora, que lo mismo se aplicó a la poesía que a la novela; el discurso político, la crítica literaria y la crónica; pero también a la historia y al ensayo de profunda penetración social. En todos sus quehaceres fue maestro y en todos hubo aventajados discípulos. No en vano dijo Justo Sierra de él ante su sepulcro: "Nosotros, buenos o malos, grandes o pequeños; nosotros, poetas, profesores,

periodistas, dramaturgos, oradores, escritores, nosotros somos tu obra".

Con la misma intensidad con que se aplicó a crear una literatura que mereciera el nombre de nacional, pues fue su afán el que nuestros escritores dieran rigor formal a sus sueños extravagantes y se percataran de la naturaleza que los rodeaba, con ese mismo fervor se entregó a defender a su patria cuando la invasión extranjera la puso en gravísimo peligro y cuando ya los soldados de la intervención napoleónica asolaban al país, él mismo se precipitó a Tixtla, que era su tierra y su distrito y ahí organizó con sus conciudadanos un batallón que comandó personalmente entre 1863 y 1867. Con estas armas tuvo venturosos encuentros contra las fuerzas imperialistas en Cuernavaca, en Tlalpan, en el sitio mismo de Querétaro y, finalmente, en la liberación de la Ciudad de México, contribuyendo así, con fusiles, pluma y palabra, a la restauración de la República.

Sabio Y digno ministro de la Suprema Corte, fue también Presidente de la misma. Oficial Mayor del Ministerio de Fomento, que era entonces el segundo rango en las dependencias del Ejecutivo, desde donde impulsó caminos, telégrafos y laboratorios. Y periodista siempre, ilustrado, independiente, certero, orientador. Decir que en todo fue incorruptible no es, en su caso, agregar mérito alguno, pues ésta fue condición previa sobre la que erigió el edificio de su vida fecunda.

Y con ser tanto lo que nos heredó Altamirano en los dominios de la creación artística, la judicatura, la crítica, milicia y la administración, yo quisiera subrayar ahora lo que valió como parlamentario, porque fue mucho. Dos veces fue diputado; la primera en 1861, con la emoción entera y el fragor de sus 27 años y la segunda en la X Legislatura, en la madurez de sus 47; para entonces pleno de experiencia y sabiduría, pues había recorrido con provecho largo camino en la vida pública y en la experiencia humana, sin la cual el más dotado de los hombres se acartona y se convierte en expedidor de recetas inflexibles. Al iniciarse su segunda estadía en la legislatura, en septiembre de 1881, fue electo Presidente de la Cámara y con este carácter dio respuesta al Informe Presidencial que presentó en esa ocasión el general Manuel González; luego presidió en ella con brillo la Comisión de Instrucción Pública. En la primera ocasión legislativa representó a su natal distrito de Tixtla y en la segunda a una circunscripción electoral de San Luis Potosí. De donde se advertirá que los nativos del Estado de Guerrero, como algunos de entre quienes promovieron este homenaje, han representado de antiguo, con dignidad y enjundia, no solamente a su solar nativo.

Son 25 los discursos que durante esos dos periodos dan testimonio del paso de Altamirano por la Cámara. Ninguno es superfluo; todos son relevantes. El primero de ellos es apenas un chispazo, una breve exposición para hechos en la que fija su invariable posición como diputado; ahí dijo que el bienestar del pueblo sería siempre su divisa, su ley suprema. La intervención es recogida sumaria y hasta descuidadamente por el Diario de los Debates, pues el ilustre tixtleco era entonces un desconocido aun para los taquígrafos. El segundo le dio inmediatamente presencia nacional, pues fue su célebre alegato contra la amnistía que se tramitaba en favor de quienes habían promovido el golpe de Estado de Comonfort y precipitado al país en la cruenta guerra de tres años. La última de sus intervenciones en la Cámara, dos decenios después, es una exposición sesuda, aunque llena de pasión republicana, en contra del proyecto para otorgar al Ejecutivo facultades extraordinarias para legislar. Viciosa práctica que en la inminente dictadura de Porfirio Díaz habría de ser la tumba del Congreso.

Si se examina la participación de Altamirano en esta Cámara como representante popular, sobre todo en su primer ejercicio, aparecen de inmediato los temas que fueron razón de su vida: la defensa apasionada de la soberanía nacional; el triunfo y efectividad de las ideas liberales; la vigencia de las garantías individuales; la ilustrada independencia que en el marco de la Ley toca al Congreso frente al Ejecutivo; la pasión por la educación del pueblo y la congruencia absoluta entre el pensar y el decir, entre el decir y el votar.

La época exigía ese tono y hasta la intransigencia de que se le acusó tantas veces. Pero no era intolerante, que es error del entusiasmo y enfermedad de conversos.

México salía de una sangrienta y larga guerra civil y los derrotados comenzaban a insinuarse ya, otra vez, en los cargos públicos y en el ejército. La invocación de Altamirano al rigor de la justicia no nacía de la venganza sino de la prudencia. Era una advertencia a la magnanimidad con que Benito Juárez procuraba la concordia nacional en esas horas inciertas. mientras los exaltados del partido reactor buscaban ya audiencia en las antesalas de Napoleón III. Por la clarividencia de los razonamiento y la exactitud de los vaticinios, este polémico discurso contra la amnistía tiene la misma naturaleza que las advertencias que en la XXVI Legislatura dirigió al presidente Madero acerca de las maquinaciones del viejo

régimen. Y por igual ambas situaciones tuvieron un trágico descenlace: aquélla con Maximiliano de Hasburgo; ésta con Victoriano Huerta.

Durante su segundo ejercicio como diputado, Altamirano era ya una figura nacional. El país era otro y también sus problemas. Unos cuantos años de paz habían obrado milagros; la ansiada explotación de los recursos del país y el desarrollo de sus fuerzas productivas se insinuaban ya en muchas áreas.

Para entonces no agobiaban al Congreso cuestiones de guerra extranjera, graves trastornos interiores o amargos para disputar el carácter liberal del régimen. La Cámara se ocupaba de legislar y conocía proyectos de códigos civiles, penales y de comercio. También de empréstitos con el exterior y contratos para tender líneas férreas y cables submarinos. Y al ejercer sus atribuciones en tiempos más pacíficos, el Congreso se topaba con problemas de su propia estructura y funcionamiento, así como de su relación con los otros poderes. Altamirano va a sumergirse con la misma responsabilidad de siempre en estas nuevas materias, haciendo uso una vez más de su oratoria profunda, incisiva y convincente. Únicamente para aludir a lo que fue su reconocida capacidad en la tribuna, verdaderamente proverbial, permítanme recordar que a él correspondió pronunciar las oraciones fúnebres en la tumba de tres gigantes de nuestro siglo: Francisco Zarco, Melchor Ocampo e Ignacio Ramírez.

Durante su segunda estancia en el Congreso, la palabra le va a servir para precisar algunas atribuciones fundamentales del cuerpo legislativo. Entre ellas una, interesantísima, acerca de la naturaleza de las interpelaciones a los secretarios de Estado; dos acerca de los límites del debate parlamentario y la legitimidad de tales o cuales armas entre los adversarios políticos; una más es su respuesta al Informe Presidencial de 1881, que bien puede ser modelo por su corte y pertinencia; otra, apasionada, demoledora, para juzgar el papel de Iturbide en nuestra historia, a propósito de una pensión solicitada por una de sus parientes. Y luego aquella otra intervención, notable pues es un epítome del credo liberal en materia económica, en la que proclama la jerarquía superior de los derechos individuales frente a supuestas necesidades sociales que permitirían atropellarlos, el cual forma parte de un debate suscitado con motivo de la afectación al pequeño predio de un campesino, por el trazo de un ferrocarril a Guatemala. Finalmente, el texto a que ya me he referido, oponiéndose con graves razones, aunque debo informar que sin buen éxito, a la propuesta de otorgar al Ejecutivo facultades extraordinarias para legislar. Se sabe también que de esta época procede la iniciativa en que proponía y fundaba la necesidad de crear la Escuela Normal para profesores, que poco después haría suya el Gobierno y le daría vida, bajo la dirección del maestro. En resumen, ahí, en el Diario de los Debates, está el testimonio de un desempeño inteligente, impecable y valiente de un legislador, cuya lectura sería hoy de considerable provecho.

Señoras y señores:

Hasta aquí he hablado de los empeños públicos, los atributos que recibió de la naturaleza y quizá, un poco, del carácter de este hombre extraordinario cuya memoria hoy nos convoca a su alrededor. Es lo usual y es lo debido; pero ¿qué podríamos decir del sentido integral de su vida? ¿Qué se proponía al vivirla de una cierta manera y no de otra? Me atrevo a suponer que lo que Ignacio Manuel Altamirano se propuso fue contribuir a la formación de una élite nacional. Sí, desde luego, perseguía la elevación de las condiciones de vida del pueblo y del hombre común en todos los órdenes y precisamente a través del perfeccionamiento de sus instituciones: un mejor Congreso, un mejor Poder Ejecutivo, una judicatura óptima. Pero todo esto, una tarea formidable si consideramos las condiciones sociales de México en el último tercio del siglo pasado, sólo podía alcanzarse con una población instruida y bajo la conducción de hombres patriotas, ilustrados y de carácter superior

. El disparador de este proceso no podía ser otro que la educación; educación laica, gratuita y popular, pues era desde abajo, como en su caso, de donde debía surgir la mayoría de estas figuras eminentes.

Nuestras élites deben ser nacionalistas, pensaba seguramente, porque ha sido desgracia de México que cuando alguien tiene más o sabe más que los demás, le deserta al país. Busca en otra cultura una atmósfera más respirable para sus pretensiones y se pasa con todo y familia a la jurisdicción mental de algún país más próspero y tenido por adelantado; olvida el sencillo hecho de que ahí siempre será un meteco y deja tal vez, por ende, una decorosa primogenitura por un brilloso plato de lentejas. Es debido perseguir, sí, las ideas universales, pero para sembrarlas en la propia tierra y esperar los frutos transformados que aquí seguramente darán. O para decirlo con ayuda del Vasconcelos de 1921: "Universalidad es nuestra aspiración; más para lograrla, es menester que nos asentemos en las fuertes raíces de nuestro tronco étnico y que en seguida exploremos el mundo y lo expresemos conforme al ingenio y al temperamento nuestros;

porque el progreso del mundo exige de nosotros una interpretación personal y una expresión característica y única de la vida que nosotros vivimos".

Un hombre como Altamirano, que no se vanagloriaba de su grande inteligencia e irónicamente, ni de su hermosura, que se describió a sí mismo como un indio medio civilizado, pero que maneja tres o cuatro idiomas extranjeros y se entendía con los mejores de su tiempo; que dio lecciones de patriotismo y de carácter defendiendo su suelo hasta con las armas, que creía por sobre todas las cosas en la dignidad de cada individuo y que en el respeto de ella estaba la felicidad social; una persona así, supongo, debió estar considerando toda su vida el advenimiento de un mexicano superior Orgulloso de su condición mestiza y/o de cada una de sus raíces. Avido de la prosperidad del mayor número. Tolerante, justo y capaz de vivir la excelencia a la manera mexicana, como la vivió Ignacio Manuel Altamirano.

Por esto, al encajar las letras de su nombre en estas piedras que los mexicanos querríamos eternas, la Cámara de Diputados ratifica que está atenta a lo mejor de nuestra historia, que se esfuerza por aliviar el presente y que es muy claro su anhelo de un porvenir abierto, inmenso para nuestra patria. Gracias.

El Oficial Mayor: -Antes de dar el uso de la palabra al siguiente orador, quisiéramos destacar la presencia de los señores gobernadores del Estado de Guerrero y del Estado de México, don José Francisco Ruiz Massieu y don Ignacio Pichardo Pagaza.

Cumplido esto, procederemos a dar el uso de la tribuna al señor diputado Martín Tavira Urióstegui, del Partido Popular Socialista.

El diputado Martín Tavira Urióstegui: -Señor Presidente de la honorable Cámara de Diputados; diputados; senadores; ciudadano José Francisco Ruiz Massieu, gobernador constitucional del Estado de Guerrero; señor Ignacio Pichardo Pagaza, gobernador del Estado de México; distinguidos invitados; señoras y señores:

En el discurso pronunciado por Federico Engels ante la tumba de Carlos Marx, el 17 de marzo de 1888, en el cementerio de Highgate, fue afirmada esta tesis fundamental: "Así como Darwin descubrió la Ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la Ley del desarrollo de la historia humana: el hecho, tan sencillo, pero oculto hasta él bajo las malezas ideológicas, de que el hombre necesita, en primer lugar, comer, beber, tener un techo y vestirse antes de poder hacer políticas, ciencia, arte, religión etcétera; que, por tanto, la producción de los medios de vida inmediatos, materiales y por consiguiente, la correspondiente fase económica de desarrollo de un pueblo o de una época es la base a partir de la cual se han desarrollado las instituciones políticas, las concepciones jurídicas, las ideas artísticas e incluso las ideas religiosas de los hombres y con arreglo a la cual deben, por tanto, explicarse, y no al revés, como hasta entonces se había venido haciendo".

Los talentos más esclarecidos de México, sin haber estudiado a fondo las ideas sistematizadas de los clásicos, habían intuido genialmente que el devenir de la historia, en particular de la historia de México ha encontrado su impulso en factores económico - sociales, en la lucha de las mayorías empobrecidas contra quienes se han enriquecido a costa del trabajo ajeno.

Ponciano Arriaga e Ignacio Manuel Altamirano pudieron explicar varios de los problemas políticos de México a partir de las condiciones de la vida material del pueblo trabajador.

Altamirano pudo sentir que en el corazón de la patria siempre ha latido el Ideal de las "clases oprimidas del pueblo", como las llamó textualmente, de liberarse y de saltar el cerco de la humillación. Explicó que Hidalgo y Morelos supieron ubicarse ante las trincheras de los ejércitos populares que luchaban para que la civilización y la cultura desvanecieran las sombras del colonialismo.

El poeta venezolano Andrés Eloy Blanco habló de hombres - islas y de nombres- continentes, queriendo dar realce a los conductores de pueblos, a los gigantes. Nosotros podríamos decir que, además, hay hombres - naciones. Ignacio Manuel Altamirano es un hombre - nación, porque con su talento, creatividad y lucha, contribuyó a darle identidad a México como nación liberada y como nación con cultura propia.

Hijo de la nación mexicana, es también su símbolo, porque él mismo representa la fusión de las dos culturas, de las que surgió una nueva y distinta. Altamirano fue indígena, de raza y de lengua; pero se hizo mexicano en el proceso de la historia que también él ayudó a forjar.

Tuvo capacidad para odiar, porque tuvo capacidad para amar. Amó a su pueblo en la medida en que odió a quienes se ponían de rodillas ante el extranjero para defender sus bienes terrenales, aunque la patria sucumbiera. Utilizó dos armas para arrollar a los enemigos del pueblo y de la nación: las armas de los guerreros y las armas de la inteligencia. Tal vez su estrategia de escritor

y de político, pudo más; pero tenía obsesión, para cumplir un deber: empeñar la propia vida en la más grandiosa empresa que puede tener una nación: defender su independencia. Fue soldado de la Reforma y de la República y sus acciones son dignas de pasar a la historia de México. La batalla final en Querétaro contra el imperio de Maximiliano, tiene en Altamirano a uno de los adalides de mayor decisión y temeridad. Pero ¿valdrá más su estrategia en el campo de las letras, del discurso político, de la educación y de la cultura, para forjar a nuestra patria? Ahí está su vasta obra para dar la respuesta. Ahí está su presencia de agitador implacable para dar testimonio de que su paso por el escenario político, influyó, marcó rumbos y dejó ejemplos a seguir.

Cuando estalló la Revolución de Ayutla, Altamirano tenía 19 años. Cuando se reunió el Congreso Constituyente Liberal, andaba por los 22. Cuando llegó al Congreso unicamaral como diputado por primera vez al término de la Guerra de los Tres Años, frisaba los 27 años. Era un joven radical, intransigente, que medía sus palabras con el rasero de las circunstancias históricas. Como Melchor Ocampo en 1855, no estaba para transacciones. La reacción vencida, vencida debía quedar; porque tenderle un puente para que pasara a las riberas del perdón, equivalía a ahogar los logros de la Reforma en las turbias aguas de la conciliaciones y de las componendas políticas. Erguido, orgulloso de su idiosincrasia guerrerense, con la seguridad que dan los principios bien arraigados, desde la tribuna de la Cámara de Diputados, en la sesión del 10 de julio de 1861, hablando contra el dictamen sobre un proyecto de Ley de amnistía, con su verbo en llamaradas, dijo: "Pero yo no quiero transacciones; yo soy hijo de las montañas del sur y desciendo de aquellos hombres de hierro que han preferido siempre comer raíces y vivir entre las fieras a inclinar su frente ante los tiranos y a dar un abrazo a los traidores. Sí. Yo pertenezco a esa falange de partidarios que pueden llamarse los Boyardos del liberalismo, sin miedo y sin tacha. Desde que salí de las costas para venir a este puesto, me he resignado estoicamente a perder la cabeza y mientras yo no la tenga segura sobre mis hombros, no he de otorgar un solo perdón a los verdugos de mis hermanos. Yo no he venido a hacer compromisos con ningún reaccionario, ni a enervarme con la molicie de la capital y entiendo que mientras todos los diputados que se sientan en estos bancos no se decidan a jugar la cabeza en defensa de la majestad nacional, nada bueno hemos de hacer".

Era demasiado joven para pertenecer a la generación de Melchor Ocampo, Guillermo Prieto o Ponciano Arriaga, pero supo qué hacer y qué decir cuando la nave del joven Estado mexicano podía naufragar ante la reacción y la intervención extranjera.

Victoriosa la República, había que emprender la labor de levantarla y hacerla inexpugnable ante los embates del exterior. Para ello, había que incrustar en el corazón y en el cerebro del pueblo mexicano, lo mejor del mundo de la literatura, de la ciencia, de la técnica, del arte y de la cultura, y fundir todo ese arsenal con las potencialidades del país, con un propósito: forjar su personalidad, con una conciencia colectiva de mexicanidad que se reflejara en la cultura nacional. Por eso Ignacio Manuel Altamirano incursionó por los diversos caminos del saber para estar a la altura de su tiempo y de las urgencias del pueblo. Fue un sabio, un enciclopedista, no para si mismo, sino para su pueblo.

Todo el fuego de su pasión y de su talento fue puesto al servicio de esa causa superior. Anhelaba un pueblo vigoroso, creativo, que fuera capaz de construir su destino y su felicidad, en un régimen de libertad y de democracia verdadera, el cual era imposible sin educar a las mayorías. "Un gobierno absoluto, expresó, fundado sobre la ignorancia de las masas, se comprende perfectamente. A tal base tal edificio. Ni podría ser de otra manera: para que la tiranía pueda vivir, necesita embrutecer a los gobernados... La oligarquía es la expresión de la mayor barbarie y el obstáculo más invencible que se opone a la democracia".

De ahí sus esfuerzos por sentar las bases para fundar el sistema educativo nacional, desde la educación elemental, hasta la superior. Quien indague la génesis de nuestro artículo 3o. constitucional, en su aspecto filosófico- político, encontrará en el pensamiento del ilustre suriano, un punto nodal: educación para la ciencia y ciencia para la educación; educación para el nacionalismo y nacionalismo para la educación; educación para la democracia y democracia para la educación. Escuela laica y gratuita.

Soñaba, y los sueños políticos pueden hacerse realidad, con un pueblo que pudiera ser timonel: "Instruid al proletario, al artesano; que sepan que pueden empuñar con su mano callosa el bastón de la autoridad, o que pueden, dejando por algunas horas el mandil, ir a sentarse en una curul de la Cámara de Diputados...".

La cultura debía difundirse y democratizarse: "...hagamos trabajar a las prensas con la

impresión de millares de libros, demandó, de carteles y de folletos, baratísimos, regalados, atractivos y que la multitud los devore con ansiedad y con placer; envíen los gobiernos de los estados numerosos misioneros con el nombre de visitadores de escuelas, por todas partes; elévese el magisterio profesional con el incentivo de grandes recompensas...". Sin lugar a dudas, el libro de texto gratuito fue un rasgo de la utopía de Altamirano que se volvió realidad.

El maestro Altamirano estaba convencido de que la cultura debía ser arma para la defensa nacional. La nación se había templado en duros combates por su independencia, pero seguía en su proceso de formación. Fecundarla con nuevos valores, era la empresa mayor de la inteligencia mexicana. El país no debía vivir de culturas prestadas; era urgente crear la propia.

¿Había que partir de la nada, como quieren algunos pensadores? No. México ya era un gran país. Su follaje histórico podía adornar el paisaje de la humanidad. Su raíz estaba en su propio suelo. Los primeros frutos de la cultura mexicana comenzaban a madurar. El pueblo tenía ya sus tradiciones y sus costumbres, pero sobre todo, podía blasonar de sus hazañas por la libertad, la democracia y la independencia. Para incrustar el alma de México en el mundo, había que acometer ahora otras hazañas: las del heroísmo intelectual, enfrentado a poderosas fuerzas que se aferraban al pasado.

Ignacio Manuel Altamirano era como el comandante intelectual de un ejército de escritores y artistas, a quienes les dio directrices para cumplir con su misión: "No negamos la gran utilidad de estudiar todas las escuelas literarias del mundo civilizado -les dijo-; seríamos incapaces de este desatino, nosotros que adoramos los recuerdos clásicos de Grecia y de Roma, nosotros que meditamos sobre los libros de Dante y de Shakespeare, que admiramos la escuela alemana y que desearíamos ser dignos de hablar la lengua de Cervantes y de fray Luis de León. No: al contrario, creemos que estos estudios son indispensables; pero deseamos que se cree una literatura absolutamente nuestra, como todos los pueblos tienen, los cuales también estudian los monumentos de los otros, pero no fundan su orgullo en imitarlos servilmente. Por otra parte, la literatura tendrá hoy una misión patriótica del más alto interés y justamente es la época de hacerse útil cumpliendo con ella... Es la ocasión, pues, de hacer de la bella literatura un arma de defensa...". Y a la nueva generación de artistas plásticos le preguntó: "¿por qué tantos jóvenes, poseyendo un verdadero conjunto de cualidades artística, no han acometido la empresa de crear una escuela pictórica y escultórica esencialmente nacional, moderna y en armonía con los progresos incontrastables del Siglo XIX?"

Titánicos esfuerzos hizo el maestro Altamirano por impulsar el desarrollo de la cultura, en sus diversas facetas, a través de sociedades literarias y científicas y por medio de sus ensayos, de la crítica literaria, del análisis histórico, para hacer el balance de lo logrado. Como escribió José Luis Martínez: "Quería dominar todas las disciplinas de la creación y del estudio: la poesía, la novela y el cuento, la oratorio, la historia, el periodismo político y cultural, la crónica, el costumbrismo, el ensayo doctrinario y la crítica teatral, de literaria nacional y extranjera de temas de arte. Acaso su ambición era desmesurada. Sin embrago, no lo movía la vanidad, sino una vocación didáctica de servicios, que quería ampliar y profundizar, en torno a la doctrina rectora de cuanto escribió: afirmar la dignidad cultural de lo nacional, modernizar las instituciones, abrir las perspectivas intelectuales de los creadores y estudiosos y contribuir al mejoramiento general de nuestro pueblo".

Señor Presidente de la Cámara; señores legisladores; señor gobernador del Estado de Guerrero; señor gobernador del Estado de México; distinguidos invitados; señoras y señores:

A 100 años de que su portentoso cerebro dejara de pensar, el maestro Altamirano sigue agitando la conciencia del pueblo mexicano. Su caudal de aguas cristalinas y broncas que nos legó, sigue perforando montañas. Pero es necesario abrir las compuertas para que ellas inunden todos los confines del suelo patrio y empapen el pensamiento de las nueva generaciones. Su "residencia en la tierra", para decirlo con la frase del poeta, demostró que el ser humano es capaz de las mayores proezas, aunque el mundo le sea adverso.

Hoy, cuando su nombre ocupa un lugar de honor en el Recinto Parlamentario, otorguemos la palabra a Ignacio Manuel Altamirano, cuantas veces la solicite y dialoguemos con él sobre la grandeza de México. Muchas gracias.

El Oficial Mayor: -Señoras y señores, queremos también destacar y agradecer la muy distinguida presencia de un grupo de senadores de la República, así como de miembros de la Segunda Asamblea de Representantes del Distrito Federal y de miembros también del honorable cuerpo diplomático acreditado en nuestro país.

A continuación escucharemos las palabras del diputado Othón Salazar, del Partido de la Revolución Mexicana.

El diputado Othón Salazar Ramírez: -Diputado Fernando Ortiz Arana, presidente de la Gran Comisión de la Cámara de Diputados. Licenciado José Francisco Ruiz Massieu, gobernador constitucional del Estado del Guerrero. Licenciado Ignacio Pichardo Pagaza, gobernador constitucional del Estado de México. Compañera Rosa Albina Garavito Elías, coordinadora del grupo parlamentario del Partido de la Revolución Democrática. Compañeras y compañeros diputados. Señoras y Señores.

Nos hallamos reunidos hoy, 13 de febrero de 1993, para rendir justo homenaje al indio guerrerense Ignacio Manuel Altamirano, inscribiendo su nombre en los muros de este Recinto Legislativo que quisiéramos volviera a ser como lo fuera en los tiempos de Altamirano: la más alta sede de una activa y fecunda democracia mexicana y de una verdadera división de los poderes.

Hablo en nombre del grupo parlamentario de mi Partido, el de la Revolución Democrática. Quiero contribuir con mis palabras a exaltar la figura de Altamirano, liberal cultísimo y nacionalista, que no dudó en tomar las armas para luchar contra las tiranías de la época y para repeler las intervenciones extranjeras. Que fue excelente tribuno y valiente legislador, no sólo porque encarnaba la dignidad y la altivez de los indios mexicanos, sino porque su actuación parlamentaria fue ejemplo de independencia de criterio, de verdadera independencia del Poder Legislativo respecto del Poder Ejecutivo, dejándonos su ejemplo sublime de no doblegarse ni siquiera ante el presidente Benito Juárez.

Altamirano, maestro indígena, que fue pilar del desarrollo de la cultura patria, que luchaba por consolidarse, era además, activo político, maestro insigne, literato, periodista, editor y protagonista de las discusiones científicas de la época, funcionario público y diplomático.

El maestro Ignacio Manuel Altamirano era un patriota a carta cabal; su patriotismo era de aquellos que superan las etapas intelectual y emotiva y se convierte en decisión de lucha demoledora de la injusticia, la desigualdad social y la dependencia.

El de Altamirano no era amor patriotismo superficial, compromiso de acción de dientes para afuera, como se ve tanto en el México de hoy.

Nacido en el municipio de Tixtla, hoy Estado de Guerrero, apenas 13 años después de que se afirmó al acta de Independencia de nuestro México, dedicó su vida a hacer crecer a la patria. Lo hizo en los campos de batalla, al lado de los movimientos que impulsaron las ideas de vanguardia de su época; lo hizo defendiendo al país de las ambiciones imperialistas y de las traiciones y las dictaduras internas.

Como diputado, puso en juego toda su inteligencia y su capacidad oratoria para mantener independientes los poderes de la Federación.

¿Qué diría Altamirano si sus ojos vieran la situación en que hoy se encuentra el Poder Legislativo?

El maestro, sensible a las grandes tareas que planteaba la construcción de la patria libre, trabajó y luchó con las letras y el conocimiento por desarrollar y consolidar una nueva cultura nacional que hiciera crecer los invaluables valores de lo propio, incorporando al mismo tiempo, los desarrollos valederos de la cultura universal de la época.

Indio guerrerense, indio con grandeza personal e histórica auténticas, se formó mestizo, pero nunca dejó de ser indio. La pobreza y los golpes sufridos en la vida, jamás afectaron la solidez de su conciencia de haber nacido indio, de permanecer al lado del pueblo y enarbolar la bandera de su existencia: la de luchar contra los enemigos del pueblo.

Cuánto idealismo social, cuánta valentía cívica, cuánto amor a México y al pueblo explotado se deban reunidos en una sola persona, como es el caso del maestro Altamirano.

¡Porque el maestro jugó en la vida docente y en la vida civil importantísimo papel en la lucha social de su tiempo! ¡Realizó enormes esfuerzos por establecer en el país una educación moderna, avanzada, que se correspondiera con la lucha liberal por una educación ajena al dogma religioso y en contra del atraso feudal!

¡Sí, el maestro Altamirano se guiaba por la idea de que la función más importante de todo proceso revolucionario, que lo sea de verdad, es educar! Visto el panorama educativo nacional de hoy, ¿qué juicio le mercería al maestro Altamirano? ¡Los principios de una educación popular y laica, asentados desde la Reforma juarista e impulsados con la Revolución, se encuentran en serio peligro de muerte!

Los intereses de los grandes capitalistas mexicanos y extranjeros han trabajado para disminuir la importancia del sentido revolucionario de la escuela pública, debilitando hasta niveles críticos su atención presupuestal; no sólo en la primaria, sino en la educación pública, media, técnica y superior.

Además, se ha intentado eliminar la fuerza progresista de la educación pública, estrechando su enfoque en forma creciente a lo que es conveniente para el servicio de las ganancias.

Para ello se trabajó porque la escuela concibiera a los alumnos sólo como futuros productores y consumidores de mercancías. Pretendiéndose inculcárseles una estrecha visión tecnocrática del mundo, obediencia y sometimiento a normas legales de convivencia establecidas por las clases explotadoras.

Para ello se trabajó por burocratizar la conciencia de los maestros mexicanos y someterlos a un férreo control sindical, charrista, corporativo, bueno para el control político del país; pero no para el avance de la nación.

¡Pero afortunadamente han sido miles los buenos mexicanos que se han resistido contra estas políticas! ¿Maestros comprometidos con el sentido revolucionario de educación, para mantener vivo aquél enfoque de la educación que nos señala que ésta en una de las armas claves e imprescindible para la verdadera liberación individual y colectiva! ¡Idea que nos heredaron nuestros mayores, entre ellos el maestro Altamirano!

¡En memoria y homenaje al maestro Altamirano, puedo decir aquí que las fuerzas avanzadas del magisterio nacional han luchando durante años y años por una reorientación histórica de la escuela pública, una reorientación que haga de la educación un instrumento cultural al servicio de la emancipación social de las clases oprimidas, explotadas, que vincule la escuela con las tareas de la lucha por la independencia económica de la nación y por la sustitución del actual régimen por una sociedad democrática!

Maestros y padres de familia y amplios sectores de nuestro pueblo, hemos caminado por plazas, calles y carreteras planteando la revaloración social del maestro mexicano y luchando por recuperar, para los intereses de nuestra patria, la escuela popular que el capital le arrebató a la nación; la escuela popular que a través del sistema educativo mexicano estimulaba y apoyaba el proceso de cambio revolucionario del país.

En memoria y homenaje al maestro Altamirano se puede decir aquí también que desde hace mucho, desde que la sombra de la antidemocracia, de la pobreza, del desempleo y de que los grandes ricos dominan los aspectos fundamentales de la vida nacional, maestro y escuela pública necesitan llevar el peso de su influencia al centro de la vida social en defensa de la identidad nacional.

Bien lo decía a nosotros sus discípulos el maestro Modesto Sánchez Vázquez, indio guerrerense también: "que la Secretaria de Educación Pública debería ser la verdadera Secretaría de la Defensa Nacional". Al respecto digo yo el día de hoy: El imperativo de la Defensa Nacional adquiere mayor fuerza porque la máquina que nos gobierna está más cerca de los Estados Unidos que del país, porque es grande el riesgo de que el futuro de México sea de absoluta dependencia.

¡En memoria y homenaje al maestro Ignacio Manuel Altamirano, levanto mi voz de protesta por la política salarial del gobierno de la República, que convierte a los maestros de México en punto menos que en parias del presupuesto!

¡Asimismo, levanto mi voz de protesta y de indignación por la política gubernamental que lanza a los maestros jubilados a la pobreza y a morirse de hambre, realidad equivalente a un puntapié contra la vida de quienes lo mejor de su existencia lo pasaron moldeando la conciencia de las nuevas generaciones de mexicanos!

¡Llamo desde este acto memorable a mis compañeros maestros de la República y en particular a mis compañeros maestros jubilados, a seguir viviendo la vida con la cara descubierta, con la dignidad personal y profesional a la mayor altura de su conciencia, pues un maestro lo es principalmente por la fuerza de su ejemplo!

Altamirano no se agachó ante nadie, repito, ni siquiera ante la sublime grandeza de don Benito Juárez. Y si Altamirano viviera el grano de oro de su actitud ante la educación y ante el magisterio mexicano sería el lema de lucha, luchar contra el poder que ve al pueblo como material humano de relleno y como fuente creadora de riqueza para que 300 familias aumenten su caudal de archimillonarias.

En memoria y homenaje al maestro Altamirano, dirijo mis palabras a los maestros y educadores de la República, llamándolos a que participen en las luchas democráticas del país porque ellas abarcan los grandes principios patrióticos y antiimperialista, porque ello significa ejercer el

papel de maestro con el aval de estar desempeñando bien el papel de ciudadanos y de hombres.

Finalmente, en memoria del maestro Altamirano y como maestro indio que soy también, digo desde esta tribuna que los indios de México estaríamos perdidos si no comprendiéramos que el problema del indio tiene sus raíces como tanto se ha repetido, en el régimen de explotación que vive el país, si no comprendiéramos que la lucha seguirá siendo larga y penosa, pero que no hay otro camino para reivindicar nuestro derecho a vivir sin la esclavitud del hambre, el analfabetismo, la miseria y el desempleo.

Señoras y señores:

Cada quien, desde sus posiciones propias, estamos hoy tratando de honrar a un valiente del Estado de Guerrero, a un gran mexicano que supo sumarse a las duras tareas de defensa y crecimiento de nuestra patria en años de prueba e incertidumbre, jugándose la vida.

Por todo ello mi partido, el Partido de la Revolución Democrática, rinde sentido homenaje al maestro Ignacio Manuel Altamirano, ciudadano que con su talento, su patriotismo y su palabra conmovió al país por su independencia de criterio y por haber sido ejemplo vivo de la verdadera separación de los poderes de la Unión tan necesarios en los momentos graves que hoy vive el país. Gracias.

El Oficial Mayor: -Deseamos agradecer y destacar la presencia distinguida, de los señores presidentes municipales de los estados de Guerrero y México, así como de los rectores de las universidades de ambas entidades y de un grupo de servidores públicos que hoy nos distinguen con su presencia. Muchas gracias.

A continuación escucharemos el mensaje del señor diputado Odilón Cantú Domínguez, del Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional.

El diputado Odilón Cantú Domínguez: - Señores gobernadores; compañeros diputados; respetables invitados:

Ignacio Manuel Altamirano nació en Tixtla, Guerrero, el 13 de noviembre de 1834. En sus variantes formativas encontramos dos poderosas raíces: su vínculo con las luchas sociales del pueblo mexicano y su contacto con lo mejor del pensamiento universal. Es un digno representante del liberalismo radical. Un patriota a carta cabal.

Un suceso que, a temprana edad, marcó su vida, fue su formación educativa. Su padre fue alcalde indígena y logró por este motivo que el pequeño Altamirano ingresara al Instituto Científico y Literario de Toluca, dirigido por don Ignacio Ramírez, uno de los más importantes liberales de la gran generación de la Reforma de 1856-1857. Su inscripción al Centro Académico de Toluca tuvo una gran relevancia. Permitió la confluencia de los espíritus libertarios de la lucha social con lo más avanzado del liberalismo político universal.

Ignacio Manuel Altamirano surge como un personaje, que además de sus innegables dotes como hombre de letras, destaca el papel que logró en el terreno de la vida política. Ubicado como un liberal radical, Ignacio Manuel Altamirano se forma con mentores del calibre de Ignacio Ramírez, el cual puede decirse es su gran maestro. Su formación ideológica y su pasión política hacen que sea comparado con los jacobinos franceses, como Saint, Just, Marat, Danton y Robespierre.

Es vital resaltar su participación en las luchas de nuestro pueblo. En primer lugar su papel desempeñado en la Revolución de Ayutla hacia el año de 1854. Posteriormente su desempeño en la guerra de Reforma. Por último descolla su presencia en la defensa contra la invasión francesa.

A 100 años de su fallecimiento, acaecido en San Remo, Italia, un 13 de febrero de 1893, es recordado como uno de los hombres que gracias a la claridad de su pensamiento, fue exiliado por Porfirio Díaz cuando éste sintió que la presencia del ilustre liberal representaba una competencia para el poder autocrático del dictador.

La idea liberal es, en su formación, el motor de su desarrollo político, intelectual y militar. Hay que agregar que a lo largo de su trayectoria dejó grandes contribuciones en estos ámbitos.

Como periodista recorrió el país a través de El Siglo XIX, El Eco de la Reforma, del cual fue fundador, la República, El Monitor Republicano, así como el Correo de México, en colaboración con Guillermo Prieto e Ignacio Ramírez.

Como literato escribió en El Seminario Ilustrado, El Domingo y El Liceo Mexicano; a su vez fundó el Federalista, con Manuel Payno.

Como novelista destacan sus obras Clemencia, Navidad en las Montañas y El Zarco. Este tipo

de trabajo le ha llevado a ser considerado como un innovador de las letras mexicanas. Entre sus publicaciones más relevantes es importante mencionar El Renacimiento, que se constituye en una convocatoria política para los intelectuales, instándolos a la conciliación nacional. Este hecho es considerado sorpresivo, pero sin embargo es bien aceptado.

Su prestigio intelectual trasciende las fronteras mexicanas. Sus obras son reconocidas en muchos países de Latinoamérica y Europa. Participó en organizaciones literarias y científicas de estas naciones. El tenía claramente definidas las fronteras de esta actividad para la mejor convivencia internacional.

Como funcionario público se hace notar como Procurador General de la Nación, como Oficial Mayor de la Secretaría de Fomento, como diputado en los años de 1861 y 1881. Finalmente, se convierte en cónsul en Barcelona, puesto que después permuta con Manuel Payno, de tal suerte que queda como ministro en París.

Las ideas que sobresalen en su pensamiento son de diversa índole. Reflexiona, sobre todo, en las cuestiones de la formación del Estado nacional, de la democracia, de la educación, de la identidad nacional y raíces indígenas. De hecho él formula un proyecto de nación basado en estos conceptos. Un ejemplo de esto es su propuesta de una educación popular, obligatoria, laica y gratuita, pues señalaba que "un pueblo ignorante se hallará siempre bajo una vergonzosa tutela" y "las conquistas libertarias serían infructuosas allanándose el camino a la tiranía".

La cuestión cultural que se asocia a la educación es importante no sólo como proyecto, sino en un acontecer práctico. Tan es así, que es encargado de la elaboración de los planes de estudio y reglamento de la Escuela Normal de Profesores, tarea que le lleva cuatro años.

La figura de Ignacio Manuel Altamirano mantiene una actualidad, hoy en día, gracias a sus contribuciones en el terreno de la reflexión democrática, a su intolerancia hacia las posiciones tibias no propositivas. Su pureza liberal y democrática es un paradigma del que todos debiéramos abrevar.

La democracia se constituye como uno de los pilares de construcción de los nuevos proyectos nacionales. Una tarea histórica aún inconclusa. Un deseo nacional que a 100 años de su muerte, su obra se mantiene incólume y viva. Señoras y señores legisladores; señoras y señores; respetables invitados: Poner el nombre de Ignacio Manuel Altamirano en el recinto de la representación constitucional del pueblo es una obra de justicia histórica.

Es un reconocimiento pleno no sólo al ilustre patriota de Tixtla, Guerrero.

Es, sobre todo, la valoración de la obra histórica del liberalismo radical.

De una ideología que nos ha permitido ser independientes y que nos da la fortaleza para acometer los retos del presente y del porvenir. Es, en fin, el entendimiento de que el camino de la modernidad no es contrario al de la búsqueda permanente de la justicia social y al de la defensa intransigente de nuestra soberanía nacional.

Por último, permítame concluir con el pensamiento del ilustre liberal mexicano. Que sus bellas palabras resuenen entre todos nosotros y orienten las obligaciones constitucionales de los representantes del pueblo:

"Yo soy hijo de las montañas del sur, desciendo de aquellos hombres de hierro que han preferido siempre comer raíces y vivir entre fieras, a inclinar su frente ante los tiranos y dar un abrazo a los traidores... No he de otorgar ningún perdón a los verdugos de mis hermanos. Yo no he venido a hacer ningún compromiso con ningún reaccionario... Antes que la amistad está la patria, antes que el sentimiento está la idea; antes que la compasión está la justicia.

Ignacio Manuel Altamirano. Congreso de la Unión, 1861."

El Oficial Mayor: -Corresponde ahora dirigir un mensaje al señor diputado Gustavo Nabor Ojeda, del Partido Revolucionario Institucional.

El diputado Gustavo Nabor Ojeda Delgado: -"No creo que haya en el Congreso un solo diputado que se niegue a dar su voto en favor de la proposición que acabamos de presentar, porque yo supongo que cualquiera que sean nuestras disidencias parlamentarias, todos estamos conformes en proclamar las leyes de nuestra independencia; todos estamos animados de inmensa gratitud hacia los grandes hombres que nos dieron patria.

No me ha impulsado a presentar esta proposición un sentimiento de provicionalismo, porque la gloria del general Alvarez pertenece a la nación entera, no solamente al sur, en el que ha mecido su cuna y ha sido el teatro de sus heroicas proezas."

Palabras que pronunciara desde la tribuna de la Cámara de Diputados, el insigne maestro y legislador Ignacio Manuel Altamirano, el 27 de septiembre de 1861, al solicitar se declarara "Benemérito de la Nación" al distinguido paisano general Juan Nepomuceno Alvarez.

Con su venia, señor Presidente de la Gran Comisión de la Cámara de Diputados; señor licenciado José Francisco Ruiz Massieu, gobernador constitucional del Estado de Guerrero, Licenciado Ignacio Pichardo Pagaza Gobernador Constitucional del Estado de México, compañeros legisladores de los congresos de los estados de México y de Guerrero; señores magistrados del Tribunal de Justicia de ambas entidades; señor licenciado Marcial Rodríguez Saldaña, rector de la Universidad Autónoma de Guerrero; señor presidente municipal de Tixtla, Hugo Cesáreo Astudillo Bello; señores senadores; compañeros diputados; señoras y señores:

La Cámara de Diputados del honorable Congreso de la Unión, se distingue por la pluralidad y diversidad de ideas que aquí se expresan.

Altamirano, con su vida, hizo realidad la diversidad de opiniones que seguramente por ello vería él con agrado esta ceremonia, en donde se expresan, como ya ha ocurrido hoy, ideas distintas en donde el diálogo abierto y respetuoso, se da como corresponde a este Congreso.

En esta Cámara concurrimos diputados de la nación, miembros de diversas fuerzas políticas, con concepciones distintas y prácticas políticas diferentes. Esta es la riqueza de esta Cámara, esta es la riqueza de México.

Participar hoy en ésta, la tribuna más importante de la nación, en una ceremonia tan significativa para los mexicanos y en especial para los guerrerenses, nos ha permitido hacer presente a través del tiempo las vibrantes intervenciones de quien fuera por tres ocasiones diputado guerrerense al Congreso de la Unión.

Sus intervenciones, seguidas en su tiempo por la nación, son fuego permanente de amor a la patria, de defensa a la soberanía nacional y a la dignidad de los mexicanos. Sus parlamentos "A la Independencia de México", "La Suprema Ley",

"Contra la Amnistía" y en homenaje a Juan Nepomuceno Alvarez, quedan como escuela en el Congreso, inscritos en la historia.

Mensajes que tienen actualidad ante la necesidad de fortalecer nuestra identidad nacional.

En los momentos actuales en que el mundo está inmerso en un proceso de cambio permanente, los hombres y los pueblos que viven y crean la historia todos los días, acuden al pasado para encontrar en él, no sólo la enseñanza de la experiencia, sino además y más importante aún, el marco de los valores esenciales que les permitan sustentar en el presente hacia el futuro la libre confrontación, entrelazamiento, conjugación y complementación de sus planteamientos, sus luchas, sus frustraciones y sus esperanzas para lograr una sociedad mundial diferente e inédita digna de llamarse humana.

Los mexicanos no somos ajenos a este proceso, y ante él, buscamos, discutimos y emprendemos las mejores formas que nos permitan transitar en los albores del Siglo XXI hacia una sociedad fortalecida en su soberanía, próspera en su economía, profunda en su democracia y con un horizonte claro de bienestar y justicia para toda nuestra población.

Como nutriente insustituible de este proceso plural de reflexión y acción, los mexicanos contamos en el paso por la historia, de compatriotas ilustres, que más allá de la polémica vana que pudiera suscitar, son la mejor demostración de la grandeza humana.

Ignacio Manuel Altamirano, el ilustre indígena oriundo de Tixtla, Guerrero, entonces todavía parte del Estado de México, conjugó en forma inconmensurable la observación, la experiencia, el estudio, la lectura, el pensamiento, la pluma y las armas con la convicción educadora, el compromiso pleno y entusiasta con el pueblo y la soberanía de nuestra nación. Es difícil resumir en unos cuantos minutos una trayectoria tan compleja y una personalidad tan rica como la de Ignacio Manuel Altamirano.

Habría que recorrer con la mirada el mapa de México, sus litorales, sus montañas, sus ríos, su rica diversidad cultural para abarcar su escala de intereses y abrazar el propio mapa del Estado de Guerrero, sus contornos, sus macizos y el carácter de su gente para poder entender el sentido particularísimo que posee su obra ante el tiempo.

Suma de dos tiempos significativos, que orillaron a un indígena náhuatl, a forjar su propio destino a través de la ciencia, la cultura, el conocimiento de sí mismo y el perfeccionamiento individual.

Altamirano resolvería con sabiduría las disyuntivas que planteaban sus enormes aptitudes, su

entorno personal y el compromiso histórico que deparaba su futuro, combinando su intensa labor como legislador y como periodista; su categoría como novelista y como libre pensador: su participación revolucionaria y su incansable preocupación como educador.

Ignacio Manuel Altamirano era un humanista en el más amplio sentido del término, adquiere, desarrolla, vive y enseña un conjunto de conceptos claros de progreso e independencia, de libertad, democracia y soberanía, del valor de la educación, la ciencia y las artes para la emancipación de los hombres, que son y serán vigentes para todos los mexicanos.

Altamirano nos dejó, como literato y periodista, una muestra clara de un escritor comprometido con México, donde no sólo se describen la belleza y lo agreste del paisaje físico, sino también los problemas y las esperanzas de su población, luchando siempre por la elevación cultural de los mexicanos.

Sus novelas y sus artículos periodísticos nos nutren de descripciones e interpretaciones sobre aspectos de la vida nacional, sobre todo del campo, de las áreas rurales que ubicándolos en nuestros días y cambiando los nombres de los personajes siguen presentes en las preocupaciones y discusiones esenciales de nuestro pueblo.

El agudo talento y constancia de Ignacio Manuel Altamirano, con el que rompió barreras raciales y diferencias sociales hasta alcanzar la vasta cultura que poseía, son ejemplo y muestra palpable de la indomable tozudez de nuestro pueblo en su lucha por alcanzar mayores y mejores niveles de cultura que le permitan ejercer plenamente la democracia.

Actor comprometido, heroico y profundo conocedor de la preocupación y acción permanente de nuestro pueblo por defender y fortalecer la soberanía, toma las armas ante la agresión interna y externa.

Sin embargo la preocupación fundamental de su vida fue la educación y, en este campo nos dejó profundas reflexiones y claras orientaciones en torno a la educación indígena y rural, los sistemas de alfabetización, la instrucción primaria gratuita y obligatoria, la formación de los profesores, la emancipación de la mujer y la administración descentralizada de la educación.

Más allá de su legado escrito y de los elementos descriptivos que manejan sus biógrafos, los valores esenciales que nos dejó Ignacio Manuel Altamirano son la congruencia plena de su pensamiento con su forma de vida, conjugada con la belleza de su obra literaria, su pasión por la educación y su compromiso pleno en la acción con la defensa del pueblo.

Murió hace 100 años, lejos de su patria, en San Remo, Italia, pero murió como vivió, siempre pobre en bienes materiales, pero rico en ideas y acciones en defensa de México.

Compañeros legisladores, señoras y señores:

Reiteramos nuestras palabras: los valores fundamentales que sustentara el maestro Ignacio Manuel Altamirano, cobran vigencia hoy más que nunca.

En México y en especial en Guerrero, no hemos alcanzado las metas que ambicionábamos para la sociedad en plural. Todavía hay pobreza, rezago y analfabetismo en parte de nuestra geografía, sobre todo en lo rural.

Sí, lo aceptamos, pero superaremos esos rezagos, porque con la terquedad que nuestra raíz indígena nos da y sustentados en la lección altamiranista de profunda tenacidad, seguimos los mexicanos luchando a través de diversas estrategias para avanzar en la pluralidad y alcanzar el próximo milenio como un país más próspero y justo; en ese sentido se trabaja por las actuales generaciones.

Ejemplo de ello, en Guerrero, al valorar a plenitud la obra del maestro Altamirano y su proyección en la entidad y, en México, a través de las jornadas altamiranenses que estableció el Ejecutivo estatal, aquí presente.

En México, al valorar lo importante de nuestra raíz y cultura indígena -de donde procedía Altamirano-, consagrando en nuestra carta fundamental los derechos de nuestros hermanos indígenas.

Y en toda nuestra patria, con la actualización a la modernidad de la educación mexicana con su reforma en marcha, enriqueciendo el artículo 3o. de nuestra Carta Magna, al dar continuidad a la propuesta y concreción de Altamirano en 1882, sobre la educación primaria gratuita laica y obligatoria y alcanzar lo mismo hoy con la educación secundaria en beneficio del pueblo de México.

En ese sentido destaca el claro homenaje a Altamirano como profesor rural y después como

maestro creador de la Escuela Normal de profesores en 1985, al dar su lugar a los mentores mexicanos con el acuerdo del Ejecutivo Federal que instituye el reconocimiento "Ignacio Manuel Altamirano" al desempeño en la carrera magisterial.

Y no puedo dejar de señalarlo, al luchar por la soberanía nacional ante las asechanzas de la globalización mundial buscando coincidencias con nuestros hermanos de Centroamérica y aun con los vecinos del norte.

Así y más se rinde homenaje a los héroes, hoy 13 de febrero a Ignacio Manuel Altamirano y mañana día 14 a Vicente Guerrero Saldaña, en las fechas de su tránsito final por el mundo y su resurgimiento grandioso en la historia nacional.

Pueblo de México:

La inscripción en Letras de Oro del nombre de Ignacio Manuel Altamirano en esta sala de sesiones del Palacio Legislativo a propuesta de la diputación plural guerrerense, no sólo es el reconocimiento de los mexicanos representados en esta legislatura a la trayectoria comprometida de tan ilustre compatriota con la nación mexicana, sino que además representa la presencia de todo un conjunto de conceptos y acciones consecuentes esenciales para nuestra patria que son marco de referencia para la reflexión, las propuestas y los debates, que los legisladores presentes y los futuros habrán de considerar en sus funciones legislativas para no apartarse de los principios fundamentales que han orientado la lucha de nuestro pueblo por arribar a la democracia y la justicia social.

Maestro Ignacio Manuel Altamirano: marcó usted rumbo al regresar al entorno parlamentario; bienvenida doble a este Palacio Legislativo, por su nombre y por su ejemplo.

EL Oficial Mayor: - Agradecemos también la presencia del señor Presidente del Tribunal de Justicia del Distrito Federal, Saturnino Agüero; del señor delegado del Departamento del Distrito Federal en Venustiano Carranza Jesús Salazar Toledano y de diputados locales de los estados de México y Guerrero.

A continuación, rogamos al señor presidente de la Comisión de Régimen Interno y Concertación Política, diputado Fernando Ortiz Arana; a los señores gobernadores del Estado de Guerrero, José Francisco Massieu y del Estado de México, Ignacio Pichardo Pagaza, así como a los señores senadores Leonardo Rodríguez Alcaine, Netzahualcóyotl de la Vega García, y Gustavo Salinas Iñiguez; al señor representante Juan José Osorio Palacios; a los señores diputados Gabriel Jiménez Remus, del Partido Acción Nacional; Arquímides García Castro, del Partido de la Revolución Democrática; Jorge Oceguera Galván, del Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional; Javier Colorado Pulido, del Partido Auténtico de la Revolución Mexicana; Cuauhtémoc Amenzcua Dromundo, del Partido Popular Socialista; Gustavo Nabor Ojeda, Fernando Ordorica Pérez, Miguel González Avelar y Saturnino Agüero, del Partido Revolucionario Institucional, nos hagan el favor de pasar a develar el nombre de Ignacio Manuel Altamirano.

Les rogamos pasar a las personas que nos hicieron el honor de la develación, a ocupar su sitio.

Como acto final de esta ceremonia, procederemos a entonar el Himno Nacional Mexicano, que será interpretado por la Banda Sinfónica de la Secretaría de Marina.

Rogamos a todos los asistentes ponerse de pie.

(a las 12.42 horas):-Agradecemos la presencia de todos y cada uno de ustedes a esta ceremonia solemne en la que ha quedado inscrito el nombre de Ignacio Manuel Altamirano.

APENDICE

INICIATIVA PARA QUE SE INSCRIBA EN LETRAS DE ORO, EN EL RECINTO DE LA CÁMARA DE DIPUTADOS, EL NOMBRE DE IGNACIO MANUEL ALTAMIRANO

«Ciudadano Presidente de la Cámara de Diputados. - Ciudadanos diputados.

Los ciudadanos diputados federales de origen guerrerense miembros de todas las fracciones parlamentarias y representantes de los diversos estados de la República, venimos a manifestar a esta soberanía que:

El pasado 13 de noviembre se cumplieron 158 años del nacimiento de una de las glorias de México: Ignacio Manuel Altamirano. El 13 de febrero de 1993 se cumplirá el centenario de su muerte. Su paso por la historia de México es la mejor demostración de la grandeza del ser humano: levantarse de la marginación para ser, como dice Arturo Corzo Gamboa, uno de sus Biógrafos, pluma y espada de la República.

Altamirano es de esas inteligencias que se dan cada siglo en cada país. Su nombre es el símbolo del verbo encendido, la palabra bella al servicio del espíritu nacional, del combatiente valeroso al servicio del progreso y de la independencia de su patria, de la enseñanza de los valores de la cultura y de la ciencia, para que el pueblo mexicano diera el salto hacia la libertad y la democracia.

Cuando vio la luz primera, su joven país, ensayaba las primeras luchas en favor de la Reforma. En 1833 Valentín Gómez Farías y el doctor José María Luis Mora, habían puesto en práctica los primeros decretos que tendrían a destruir el vetusto Estado heredado de la colonia. Recibió pues, el impacto de los cambios y de las rebeldías de un pueblo que negaba el pasado inmediato y se aprestaba a construir definitivamente a la nación.

Su tierra, Tixtla del ahora Estado de Guerrero, le mostró de golpe las bellezas de su país. Porque ésa es la ciudad en donde nació al maestro Altamirano, la síntesis de la naturaleza mexicana, una especie de Tlallocan suriano, en donde los indígenas han llorado y cantado de alegría por su valle abundoso en flores, agua, frutos y sol. Claro, ellos sufrieron la encomienda impuesta por los conquistadores.

Liberada la patria, como dice el propio maestro, en Tixtla Jamás pusieron el pie los invasores de Napoleón, ni los imperiales de Maximiliano, ni los pendones de Márquez y Miramón. Así, a través de Tixtla, Altamirano aprendió a amar a México en su belleza natural y en los ímpetus de libertad de su pueblo.

El agudo talento del niño Altamirano, rompió las barreras raciales y lo condujo a las aulas de los planteles superiores. Gracias a la visión de los políticos de pensamiento avanzado, el Instituto Literario de Toluca, abierto al pensamiento democrático, recibió en su seno a los maestros imbuidos de la filosofía y de las ciencias modernas, como Ignacio Ramírez. Gracias a normas dictadas tempranamente en el Estado de México, Altamirano puede ser favorecido como "Alumno de Municipalidad", becado por las autoridades de Tixtla, indudablemente que Ignacio Ramírez sembró en la joven conciencia de Altamirano, el credo liberal y la gran vocación literaria. Si en el ilustre plantel había evidentes diferencias sociales y ciertas expresiones de discriminación, Altamirano las arrinconó con tozudez, y su orgullo de hombre brillante.

Su don de lenguas y su puesto de bibliotecario, ganado a golpes de estudio, le dieron un lugar privilegiado para devorar los libros de la ilustración europea y de los juristas liberales. Tuvo que salir del plantel, por su carácter rebelde que no se sometió a viejos cánones.

Aprovecho el interregno para ejercer el oficio de maestro en diversos pueblos. Fue una experiencia insustituible que lo llevó a ser uno de los grandes exponentes de la educación nacional.

En el Colegio de San Juan de Letrán de la ciudad de México, término sus estudios de filosofía y ahí realizó su carrera de derecho. Como dicen sus biógrafos, el cuarto que habitaba Altamirano era "El centro de las letras y el foco de la política juvenil".

Aceleró su recepción como jurista, porque la lucha lo llamaba. Empuño las armas en la Revolución de Ayutla y durante la Guerra de Reforma, siempre en las tierras surianas, al lado de jefes militares como Vicente Jiménez. Durante la intervención francesa y el imperio de Maximiliano volvió a tomar las armas, dando muestras de arrojo. Con grado de coronel libró acciones heroicas en el Valle de México, en Cuernavaca y en Iguala.

Es memorable su acción en el Cimatario durante el sitio de Querétaro. Cuando entraron las fuerzas republicanas a esta ciudad. alguien le expresó su admiración por haber tomado las armas siendo un maestro y Altamirano simplemente dijo: "Era mi deber".

En tres periodos fue diputado al Congreso unicameral de aquel tiempo. En las lides

parlamentarias demostró su oratoria demoledora, siempre adornada con la expresión bella, propia de un hombre de letras. En la tribuna del Congreso llevó la intransigencia en los principios como signo de su personalidad.

Rechazó la conciliación con los enemigos de la patria y se opuso a la amnistía en favor de quienes habían ensangrentado el país.

En su discurso del 10 de julio de 1861, expresó: "O somos liberales, o somos liberticidas; o somos legisladores, o somos rebeldes; o jueces o defensores... la nación no nos ha enviado a predicar la fusión con los criminales, sino a castigarlos...perdonar al partido conservador en México jamás ha producido buenos resultados; sería impolítico, pues, perdonarlo más".

Cuando se habló en la Cámara de Diputados de la reorganización de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Altamirano pugnó por medidas prontas y no caer en enredos leguleyos. Dijo desde la tribuna parlamentaria, el 26 de junio de 1861: "Estoy convencido de que la Revolución sucumbirá en el carril constitucional. El moderantismo se obstina en que el Congreso se limite a servir de comitiva fúnebre a las víctimas de la reacción. Mi regla será siempre: la salud del pueblo es la suprema Ley".

Ignacio Manuel Altamirano advirtió el peligro de que nuestra independencia sucumbiera frente al coloso del norte. Ante la "preocupación" del ministro plenipotenciario de Estados Unidos, mister Lewis Campbell, por la suerte de los "prisioneros", como Maximiliano, expresas en una nota al Gobierno Mexicano, el 6 de abril de 1867, Altamirano escribió: "Nuestra susceptibilidad con este respecto debe herirse por más pequeño que sea el ataque, por más amiga que sea ala mano que lo dé, porque para la independencia de México, tan dañosa es la influencia de esta clase que venga del otro lado del mar, como la que venga del otro lado del Bravo".

Ignacio Manuel Altamirano fue uno de los grandes escritores de la lengua española. Pero es algo más que eso. Quiso que la literatura contribuyera a afianzar el ser nacional, el ser de México. Por eso es uno de los fundadores de las letras mexicanas.

El periodismo fue una de sus trincheras para defender la libertad, la democracia y la independencia, desde sus años de adolescente. Fundó órganos de prensa y fue redactor de publicaciones distinguidas de este género. Llevó al periodismo a los altos vuelos literarios. El Renacimiento fue como la cumbre del pensamiento literario de México en la década de los sesenta del siglo pasado. En él reunió a las plumas más señeras, como la del Ignacio Ramírez, la de Guillermo Prieto y la de Justo Sierra. Si en Política era un intransigente, en las letras quería unificar a todas las inteligencias, aunque fueran disímbolas en la ideología, pero que tuvieran calidad, con la divisa de que se forjara la literatura mexicana.

Era un escritor comprometido con el pueblo mexicano. Quería que la literatura nuestra exaltara el paisaje de México, el físico y el humano y contribuyera a la elevación cultural del pueblo. Al respecto, el maestro apuntó: "La poesía y la novela mexicana deben ser vírgenes, vigorosas, originales, como son nuestro suelo, nuestras montañas, nuestra vegetación". Como dijo Luis G. Urbina: "Ese fue el sueño del maestro Altamirano; dentro de una forma impecable, como un esculpido vaso corintio, verter el vino de la sangre indígena". Pero además, el ilustre Tixtleco perseguía una finalidad social con la novela: "...está llamada - dijo - a abrir el camino de las clases pobres para que lleguen a la cultura...la novela no es más que la iniciación del pueblo en los misterios de la civilización moderna...la novela instruye y deleita a esta pobre pueblo que no tiene bibliotecas...".

Ignacio Manuel Altamirano fue un maestro por antonomasia. En un sentido estricto, llevó su luz a las escuelas elementales y a las instituciones de alta cultura. Fijó rumbos y "diseño" planes para el desarrollo de la educación nacional. En un sentido amplio, fue maestro porque orientó y modeló conciencias desde la novela, la poesía, el ensayo, el artículo político discurso combativo y la charla amena y generosa.

Como el doctor José María Luis Mora, quería que la educación se extendiera a todos los rincones del país y abrazara a las clases más desvalidas.

Se dolía de que la educación beneficiara sólo a reducidos grupos, a ciertas clases sociales. Propugnaba porque la educación fuera: "difundida a las masas, extendida hasta las clases más infelices, comunicada de ciudad populosa al pueblo pequeño, a la aldea humilde, a la cabaña más insignificante y escondida entre los bosques".

Altamirano sentía la necesidad urgente de que la educación primaria fuera obligatoria y gratuita y así estuviera consignado en la Constitución de la República. Pensaba que la carta de 1857 no tenía congruencia, ya que era avanzada en algunos aspectos, pero soslayaba un problema tan grave como era el de la educación del pueblo.

La formación de los profesores debía ser objetivo prioritario para resolver los problemas educativos. Prosiguiendo con los esfuerzos de Valentín Gómez Farías y de algunos gobiernos de los estados, Altamirano elaboró planes, programas tesis bien documentadas, de cómo debía estructurarse un sistema de educación normal. Podemos afirmar que el maestro sentó las bases de la enseñanza normal moderna. El historiador guerrerense Vicente Fuentes Díaz, afirma que Altamirano señalaba la necesidad de darle a la enseñanza una base científica; es decir, "combinar el desarrollo económico con el progreso científico".

Escaló altos puestos en la administración pública por sus indiscutibles méritos como intelectual y como luchador. El fulgor de su inteligencia iluminó al Congreso de la Unión. Fue Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, por mandato constitucional; también tuvo el carácter de vicepresidente de la República.

Su pasión por la cultura lo llevó a fundar y a dirigir sociedades dedicadas al quehacer científico y literario.

Un cargo diplomático lo alejó de la patria en 1889. Sus amigos y discípulos sintieron la orfandad con su partida: "Se nos va Altamirano, se nos va el médico de nuestros versos, el confesor de nuestros dramas, el que nos prestaba el talento cuando estaba muy pobre nuestra inteligencia".

En Europa el maestro encendió nuevas hogueras. En el Congreso de americanistas, celebrado en Berna, Suiza, hacia 1891, dio cátedra en francés, sobre antropología mexicana; refutó a quienes falseaban la realidad de la población indígena, en la lengua universal de aquel tiempo, cuando el ilustre indio de Tixtla sólo hablaba náhuatl hasta los 12 años de edad.

El 13 de febrero de 1893 se apagó aquella luz suriana llevada hasta el país del Renacimiento.

En San Remo, Italia, dejó de latir el corazón de Ignacio Manuel Altamirano.

El enriqueció la cultura y la historia de México y fue uno de los grandes forjadores de la conciencia nacional de nuestro pueblo.

Por los expuesto y con fundamento en el artículo 71, fracción II de la Constitución General de la República, los diputados guerrerenses, electos por diferentes distritos, y regiones del país, sometemos a la consideración de este cuerpo colegiado, el siguiente

Único. Inscríbase con letras de oro el nombre de "Ignacio Manuel Altamirano", en esta sala de sesiones del Palacio Legislativo.

Diputados: Nabor Ojeda Martín Tavira Urióstegui, Odilón Cantú Domínguez, José Luis del Valle Adame, Othón Salazar Ramírez, Hugo Arce Norato, José Raúl Hernández Avila, Demetrio Santiago Torres, Guillermo Sánchez Nava, Fernando Navarrete Magdaleno Félix Bautista Matías, Francisco Salinas Aguilar, Josafat Arquímides García Castro, Porfirio Camarena Castro, Enrique Caballero Peraza, Efraín Zúñiga Galeana, Jesús Ramírez Guerrero, Luis Salgado Beltrán, Luis T. Jaime Castro, Juan José Castro Justo, Miguel Osorio Marbán, Florencio Salazar Adame, José Merino Castrejón .Angel H. Aguirre Rivero, Alberto Nava Salgado, Tomás Osorio Avilés, Trinidad Reyes Alcaraz y Luis Carlos Rentería Torres.»

DICTAMEN DE LA COMISIÓN DE RÉGIMEN, REGLAMENTO Y PRÁCTICAS PARLAMENTARIAS

«Comisión de Régimen, Reglamento y Prácticas Parlamentarias.

Honorable Asamblea: En ejercicio de las atribuciones a que se refiere el artículo 71 fracción II, de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, los diputados: Nabor Ojeda Delgado Martín Tavira Urióstegui, Odilón Cantú Domínguez, Othón Salazar Ramírez, Hugo Arce Norato, José Raúl Hernández Avila, Demetrio Santiago Torres, Guillermo Sánchez Nava, Fernando Navarrete Magdaleno, Félix Bautista Matías, Francisco Salinas Aguilar, Josafat Arquímides García Castro, Porfirio Camarena Castro, Efraín Zúñiga Galeana, Jesús Ramírez Guerrero, Luis Salgado Beltrán, Luis T. Jaime Castro, Juan José Castro Justo, Miguel Osorio Marbán, Florencio Salazar Adame, José Merino Castrejón, Angel H. Aguirre Rivero, Alberto Nava Salgado, Tomás Osorio Avilés, Trinidad Reyes Alcaraz y Luis Carlos Rentería Torres, Presentaron ante el pleno de esta honorable Cámara de Diputados, una iniciativa de decreto para que se inscriba en letras de oro, en el muro del Salón de Sesiones de esta honorable Cámara de Diputados, el nombre de "Ignacio Manuel Altamirano".

Esta iniciativa fue leída en la sesión plenaria del día 3 de los corrientes por el diputado Martín Tavira Urióstegui y apoyada en tribuna por los diputados Hugo Arce y Jesús Humberto Zazueta Aguilar; posteriormente fue turnada

a esta Comisión que analiza su procedencia, para su estudio, discusión y dictamen, con base en lo dispuesto por los artículos 54, 56 y 64 de la Ley Orgánica del Congreso General de los Estados Unidos Mexicanos, 87 y 88 del Reglamento para el Gobierno Interior del propio Congreso.

Estudiada la propuesta en los términos que establecen los ordenamientos legales que rigen el funcionamiento de esta Cámara de Diputados, sometemos a la aprobación del pleno el presente dictamen, con proyecto de decreto, expresando el afecto las siguientes consideraciones:

Ignacio Manuel Altamirano nació en Tixtla, estado de México, hoy Estado de Guerrero, el 13 de noviembre de 1834 y murió, en San Remo, Italia, el 13 de febrero de 1893. Entre estas dos fechas se desenvuelve la vida de un hombre que habría de dar lustre, con acciones y pensamiento, a su estado natal y a la patria entera. Nació en el seno de una familia indígena y por obra de su tenacidad y talento, como Juárez, a quien en esto también se le asemeja, superó las limitaciones de su medio y el obstáculo de los convencionalismos de su tiempo, hasta llegar a convertirse en una de las figuras señeras de nuestro Siglo XIX.

Tal y como nos lo recuerda la iniciativa, "Gracias a normas dictadas tempranamente en el Estado de México, Altamirano pudo ser favorecido como 'Alumno de Municipalidad', becado por las autoridades de Tixtla, en el Instituto Literario de Toluca". En esta institución, bajo el influjo de Ignacio Ramírez, se abrió su conciencia liberal y ensayó los primeros logros de su vocación literaria.

Como a muchos otros hombres notables del pasado siglo, el de la Independencia y la Reforma, le fue necesario madurar rápidamente para las urgencias de la tribuna, el periodismo, la cátedra y el campo mismo de batalla. Así, apenas a los 20 años deja la escuela para sumarse a las fuerzas de Juan Alvarez que al sur del Estado de Guerrero combatían la dictadura santanista. Al triunfar la Revolución de Ayutla reanudó sus estudios de jurisprudencia, para regresar en 1859, apenas titulado de abogado, a combatir nuevamente por los principios liberales. Una vez que triunfó la causa del Partido del progreso, fue electo por vez primera diputado al Congreso de la Unión y fue ahí, entre 1861 y 1863, que se reveló como un notable orador parlamentario, cualidad que refrendaría en dos ocasiones más en que fue legislador en el Congreso de la Unión.

Durante su ejercicio como diputado mostró su extraordinaria laboriosidad, inteligencia y conocimientos del país, pues fueron muchas las iniciativas e intervenciones tribunicias que marcaron su paso por la representación nacional. Estos empeños abarcaron numerosas cuestiones de utilidad para el desarrollo y la modernización de su patria. Lo mismo en asuntos educativos que en materia de comunicaciones y colonización.

Sin embargo, entre todos sus compañeros como legislador y tribuno, al cabo del tiempo brillan, por su trascendencia y permanente actualidad, los relativos a la difusión y generalización de la educación y la cultura. En este sentido, a él debemos el principio de la instrucción primaria gratuita, obligatoria y laica, en los establecimientos públicos, según consta en el memorable discurso que, para este efecto, pronunció el 5 de febrero de 1882. Ahí sostuvo que "si el sufragio popular es la base del sistema representativo democrático, la instrucción pública es el único medio eficaz de hacerlo práctico sinceramente, de consolidarlo en el espíritu del pueblo y de encaminarlo hacia el bien y la prosperidad nacionales". Como complemento indispensable para la efectividad de la educación primaria, formuló la iniciativa para fundar la Escuela Normal Nacional y luego la puso en marcha en 1887, con planes, programas y organización de los que él se ocupó directamente. Muy justo es por todo esto, que la medalla que se entrega hoy al maestro que ha dedicado su vida a la enseñanza, lleve el nombre de tan ilustre educador.

Fue, pues, Altamirano, un legislador distinguido, pero también un soldado de la República. Hemos dicho que combatió en la guerra de Reforma bajo el mando de Juan Alvarez. Pero es durante la intervención francesa que muestra también dotes singulares en el campo de batalla. Al dispersarse el Congreso Nacional En San Luis Potosí, en diciembre de 1863, no pudo pasar no sin dificultades a Tixtla, su tierra natal, donde levanta fuerzas para combatir la intervención extranjera. En octubre de 1865 el Presidente Juárez lo asciende al grado de coronel y durante ese año y los siguientes, hasta el sitio de Querétaro y la ocupación de la capital por las fuerzas republicanas, combate con valor y buen éxito en numerosas acciones de guerra, siempre con solicitud para sus tropas y con modesto espíritu republicano. Entre otras acciones de importancia, el mandó el sitio y la recuperación de Cuernavaca y el distrito de Tlalpan, en las cercanías de la Ciudad de México.

Con ser tan relevantes los méritos de Altamirano como educador, soldado y legislador, no se agotaron sus esfuerzos en estas actividades.

Sirvió también como Ministro de la Suprema Corte de Justicia, de la que llegó a ser digno Presidente. En tanto que en el Poder Ejecutivo fungió como Oficial Mayor del Ministerio de Fomento, desde donde impulsó la creación de observatorios astronómicos y metereológicos ,así como de la extensión de las vías telegráficas por el país.

la fama mayor del personaje a que este dictamen se refiere, sin embargo, ha recaído en sus excepcionales cualidades de escritor. Una vasta producción, que hace unos años comenzó a publicarse y comprenderá más de 20 volúmenes, da cuenta de su laboriosidad y capacidad creadora. Novela, Cuento, ensayo histórico y biográfico, crónica y poesía, fueron géneros que cultivó con calidad excepcional. Gusto de recoger nuestras tradiciones y descubrir con genio amoroso los paisajes, la fauna, la flora y, en general, las circunstancias de la vida mexicana. En esta vertiente de sus capacidades es, sin duda, uno de nuestros polígrafos más eminentes y uno de los constructores de la cultura nacional.

Murió Ignacio Manuel Altamirano lejos de su patria y dispuso que su cuerpo fuese cremado y sus cenizas traídas a México, donde habrían de reposar para siempre. No será ocioso agregar, a los a efectos de este dictamen, que en su disposición testamentaria no hizo referencia alguna a bienes materiales, puesto que al cabo de una larga e impecable vida pública ninguno tenía.

Por todas estas consideraciones, la Comisión que dictamina considera que es de plena justicia la procedencia de la iniciativa en estudio, y, por tanto, propone a la aprobación de esta Asamblea el siguiente

PROYECTO DE DECRETO

Artículo único. Inscríbase en letras de oro en el lugar de honor del Recinto de la honorable Cámara de Diputados, el nombre de Ignacio Manuel Altamirano.

TRANSITORIOS

Artículo primero. Facúltese a la Comisión de Régimen, Reglamento y Prácticas Parlamentarias, para determinar fecha y hora de la ceremonia alusiva y para que, en su caso, se use este recinto para realizarla.

Artículo Segundo. Este decreto entrará en vigor el día de su publicación en el Diario Oficial de la Federación.

Salón de sesiones de la honorable Cámara de Diputados, a 18 de diciembre de 1992.

Comisión de Régimen, Reglamento y Prácticas Parlamentarias, diputados:

Presidente, Miguel González Avelar; secretarios: Alejandro Ontiveros Gómez, Sergio César A. Jáuregui R., Raymundo Cárdenas Hernández, Juan Gualberto Campos Vegas y José Alarcón Hernández.»